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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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LA CIUDAD DEL OLVIDO, otra vez.

Un muy buen amigo venía vaticinándome el final de este gran hombre. He de reconocer que no tuve la enorme suerte de conocerle personalmente. Sí por medio de sus magníficos libros y alguna que otra vez presencié y disfruté de su ameno discurso, en conferencias que pronunció. Me lo venía adviritendo porque solía vistarlo, con bastante frecuencia en su domicilio particular. El deterioro físico, me decía compugido, es cada vez mayor. Y se lamentaba de las escasas visitas que recibía. Ya era parte del olvido; peor aún de la ingratitud que esta ciudad muestra a quienes más la han querido.

Llegó en la década de los cuarenta y presiento que esta luz, la misma que hoy que nos envuelve y nos procura la tibieza de este otoño dorado, lo atrapó inmediatamente para cegarlo con su encanto. Quién cae en las redes de su embrujo difícilmente podra deshecerse de este lazo que nos atenaza con caídas de tarde maravillosas MORALES.JPGy amaneceres que descubren tonalidades que sólo Velázquez supo reunir en su paleta.

Morales Padrón, aquel muchacho que llegó a principios de la década de los cuarenta a una ciudad que se comenzaba a desperezar del gran desastre de la guerra, a la Sevilla del hambre y la necesidad, fue capaz de descubrirnos la urbe íntima que se nos escondía tras la verja por la que se accedía a un patio; o nos embelesaba con el rumor de la brisa en el arpegio de un arrayán serpenteando el perímetro de un claustro monacal, que tan lejano se nos antojaba tras un muro de piedra y cal. D. Francisco nos acercó, a los jóvenes de la década de los setenta, todas estas imágenes que a nosotros nos parecían inaccesibles.

Quién leyera su Pregón de la Semana Santa no dudaría en exclamar su sorpresa al recordar que su pieza, ofrecida al holocausto de la indiferencia de los cofrades sevillanos, sólo fuera interrumpida una vez, al culminar una poesía que el poeta sevillano Caro Romero -quién más y mejor le ha cantado a la Virgen que siempre cumple diecinueve años- dedicó al Señor de la Sentencia, de la Hermandad de la Macarena.

Pena me da que su recuerdo quede postrado en el fondo de un baúl donde ya reposan, entre otros muchos, Romero Murube o Rafael Cansinos Assens. Aquí lo que siempre perdura, lo que se eterniza, es el olvido más descarnado para quienes se esfuerzan en hacer eterna a esta ciudad.

 

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