Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Si no recuerdo tu nombre, si la memoria deserta de alma y la esencia de los tiempos me abandonan, la vida es un sin sentido, un carrusel de vanaglorias que girará en el olvido.
La primera sensación que mantengo retenida en mi corazón de aquel encuentro emocionado, esa que cercó mi alma con las suaves fragancias de un naranjo en flor, es de asombro no intuido ni ensayado, no improvisado y si emergido de lo más íntimo de mí, de ese lugar donde subyacen las emociones que sin control se vuelcan en tus ojos, que hacen temblar tus labios y encogerse el corazón, que detiene las pulsaciones y maniata a la razón.
Ya había nazarenos cruzando el dintel de la puerta de San Miguel, invadiendo la penumbra catedralicia, que es bálsamo en las tardes calor para los penitentes, recibiendo el frescor que los siglos retienen en las argamasas y en los centenarios pilares que sostienen la fe y la constancia en aquel logro de los que se creyeron locos, y me había cruzado con los primeros heraldos de la grandeza que había de visitarnos en esos días. Ya se adivinaban, sobrevolando las espadañas de Santa Paula y Santa Isabel, las primeras sombras de la noche. Tan baja cayó la Semana Santa aquel año que la tarde mostró su pereza para abandonar las calles, se resistía a morir sin verte antes, sin que atravesaras la calidez de sus dominios, sin que rasgaras el velo con la hermosa tristeza de tu cara.
El tiempo apremiaba mi caminar. Un fuerza indescriptible, una atracción desconocida fijaba mis pasos hacia el final de la calle donde la anchura, de su primer tramo, decomisaba los espacios para volverse rincón casi, recoleto lugar donde se instala la intimidad, donde la multitud no existe y el mundo eres tú y el centro del universo se dirige a hacia ti. El aire nos traía sonidos lejanos de cornetas y tambores. Otros, en otras calles, en otras esquinas, ansiaban el encuentro con la emoción, con el sentimiento nuevo y antiguo de cruzar una mirada que promete eterna que se prende en un instante, que se grava a fuego y sangre en el cosmos de un segundo. Fugaz el encuentro frente a la espera eterna, el tiempo que no pasa, y ya la vista no alcanza más allá del horizonte donde se esconde la gracia que está por llegar.
Una caricia va peinando mis canas. Un susurro que taladra mis sentidos y yo sin poder oir lo que dicen, lo que hablan, casi no recuerdo tu nombre, casi no vislumbro la cara aunque mis ojos los miren, aunque mis labios esparzan sonidos que no entiendo ni comprendo.
Otra vez este recuerdo que se aloja en mis entrañas, que dictan sentimientos de un amor y de una gracia, tal vez de una oración, en la esquina de esta iglesia, una tarde de domingo, por la mañana de Palmas, cuando el sol se iba marchando y desdorando su fachada, ocultando la belleza de una espadaña vencida por la Amargura enmarcada en el rostro de la Virgen, por San Juan acompañada. Qué le irá diciendo, qué a la Mujer destrozada por la pena y el dolor, qué palabras buscó para poder consolarla.
Ya no recuerdo su nombre, me queda sólo soñarla, mientras me pierdo en este mundo de tinieblas que incapacita mi razón e inhabilita mi nostalgia. Tengo certeza de Verla cerca de mí, va tendiéndome su mano. Y de nuevo esta voz que se alza en mi interior, y sus manos que me abrazan. Es Domingo de Ramos, mamá, y la Amargura la que pasa.
*A mi amigo Leonardo Fuentes, que hará este año su primera estación de penitencia para recuperar la memoria de los suyos.