Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Fue un fenómeno emergente en los principios de los años ochenta, del pasado siglo. El origen, al menos que yo recuerde, un grupo de cofrades, que solían reunirse en emblemático espacio del bar Azahar, un reducto y recoleto figón cuyas paredes fueron cubriéndose de cuadros con imágenes sagradas y fotografías que los parroquianos llevaban con el preclaro fin de obtener un protagonismo en lo que ya se adivinaba como el preludio del movimiento cofrade que floreció y engrandeció las hermandades en estos años. Una idea que nació con inocencia y humildad y que fue degenerando porque quienes se iban engrosando la nómina de frecuentes lo hacían con la pretensión de adquirir notoriedad que no obtenían en sus cofradías, a saber también por qué razones. Vamos, en la línea de este vanguardismo egocéntrico en el que nuestra ciudad ocupa el primer lugar del ranking mundial.
Los contubernios entre los participantes, al amparo de una cerveza y de una ración de pescaíto frito –mucha pescada y el adobo que no faltase- y acodados en la barra, con la indiferencia reflejada en el semblante, esa que se adquiere cuando se pretende alguna relevancia que ocultan con la falsa humildad del “yo sólo estoy aquí para lo que ustedes manden” o “yo con trabajar tengo bastante” incluso “yo no quiero figurar para nada”, dieron paso a la institucionalización de aquellas improvisadas tertulias sobre cofradías y en consecuencia finiquitaron, para ellos claro, el sentido de aquellas tertulias en las que se improvisaba todo, incluso la reunión no concertada y sí espontánea que la casualidad –y la causalidad en muchas ocasiones- disponía.
Perdieron la naturalidad y la gracia de aquéllas e instauraron cuotas, al modo y semejanza de las hermandades, algunas con sus sedes canónicas lindando con la taberna, montadas ex profeso y al calor de los cofrades que acudían a los cultos o simplemente se acercaban para el rezo y encuentro diario. Algunos incluso encontraron en estas asociaciones, inscritas en el registro de la Junta de Andalucía y con estatutos propios que regularizaban e incluso penalizaban ciertas actitudes y comportamientos, una catapulta para alcanzar puestos en la Junta de Gobierno de la Hermandad de su vida. Se llegaron a celebrar hasta encuentros de Tertulias Cofrades, con la participación de celebérrimos conferenciantes pertenecientes al mundo de las Hermandades, y en honor de la verdad, en el aspecto cultural, sus actos alcanzaron hasta cierta relevancia. Se crearon premios –algunos de ellos siguen manteniéndose porque los componentes de estas asociaciones se han mantenido al margen de la polémica y la notoriedad- con los que se distinguía a una institución o persona por su entrega y dedicación a las hermandades o a cuanto las rodean.
Con el tiempo, filtro inalterable de las conductas y comportamientos humanos, fueron diluyéndose en su propia flaqueza, en la inconsistencia de sus propósitos, y una vez que muchos vieron que las hermandades, esas instituciones al servicio de Dios que llevan siglos perviviendo de su espiritualidad y el esfuerzo, sacrificio y entrega verdadera de sus componentes, no podrían alcanzarlos con la superficialidad y nula disposición a sufrimiento y la dedicación anónima.
Aún hoy quedan algunas –muy pocas- fieles a sus propósitos y aquel espíritu de fraterna “combevencia”, que en la década de los ochenta surgió en San Julián, con la creación de la tertulia Azahar, que mi amigo Antonio Ballesteros, al que la Virgen de la Hiniesta tiene como fiel escudero en su Reino, que me dio a conocer, posibilite la mantención de aquellos gloriosos ideales, que algunos han conseguido, desacreditándose ellos mismos, desvirtuar y destruir.