Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
A finales del siglo XIX, con la nación sumida en una etapa de decadencia institucional, con la paulatina pérdida de las colonias de ultramar ensombreciendo el panorama político y social, en Sevilla va tomando cuerpo y fulgor, por el impulso de unos jóvenes intelectuales, una nueva institución cultural y literario en la que se pretende reunir todas estas inquietudes, de las distintas ciencias y del conocimiento humano, con el hermoso fin de su divulgación entre la ciudadanía. Los propósitos se vieron concretados por el ímpetu de una generación de jóvenes intelectuales y creadores que sostuvieron la necesaria preclaridad de una nueva y positiva visión de la nueva patria y del libre pensamiento sobre la precariedad y amargura que se cernía sobre la población con el fin del imperialismo español.
Así, en las postrimerías del siglo, en 1887, nace en nuestra ciudad una institución nominada “Ateneo y Sociedad de Excursiones” embrión que daría origen, pocos años después, al actual Ateneo de Sevilla. Patrocinado principalmente por D. Manuel Sales y Ferrer, primer presidente del magno organismo hispalense, enseguida fue tomando forma en las entrañas de la ciudad hasta enraizar en todos sus estamentos políticos, sociales y muy espacialmente en el emergente e importante colectivo literario cultural de la ciudad.
Durante la primera década del siglo veinte el Ateneo fue convirtiéndose en el referente cultural de la ciudad. Con la incorporación, en sus estadios directivos, de personajes de la talla de José Muñoz Sanromán, insigne escritor y pedagogo, y José María Izquierdo, alma mater de la gran cabalgata de Reyes Magos –siendo conocido por este menester como “Jacinto Ilusión”-, precursor del andalucismo, difusor y promotor cultural, escritor, periodista y jurista –fue profesor de derecho canónico-, sevillano fino, de profunda vida interior y escasa locuacidad. en la línea de Bécquer, de Cernuda, que nada tienen que ver con el falso estereotipo folklorista, fue imprimiéndose el carácter de ilustración, erudición y saber de tanta necesidad en el sur de nuestro. Sus referentes propiciaron la incorporación de otros ilustrados, liberales y conservadores. Joaquín Romero Murube fue otro ilustre ateneísta que conformó y dio forma al encuentro literario más importante celebrado en Sevilla y que fue el campo de cultivo para propiciar el nacimiento de la generación de poetas y narradores más importante del siglo pasado: la Generación del 27.
Tras el periodo bélico más bochornoso de nuestra historia, el Ateneo se convirtió en el único referente cultural de la ciudad. Sus muros son elocuentes testigos de la gestión de los más importantes eventos culturales, con el patrocinio de un prestigiosos premio literario, de ciclos de conferencias en los que participan los más importantes y celebrados personajes de la política, la ciencia, la literatura y la historia, se reafirmó y consolidó la cabalgata de Reyes Magos que tanta ilusión despierta -¿qué sería de Sevilla sin esta noche mágica?- y se promueven acciones sociales de envergadura.
Pues toda esta trayectoria excepcional, toda esta maravillosa sucesión de hechos extraordinarios, todo el prestigio de esta magna entidad, conseguida con esfuerzos y sacrificios extraordinarios, de dedicación de sevillanos excepcionales, está a punto de malograrse, al menos de quedar en entredicho por la escasa importancia que su presidente –nefasto emulador de nefastos políticos- y algunos directivos dan a la institución, con actuaciones incoherentes, con decisiones no colegiadas, más propias de repúblicas bananeras, en las que se desprestigian a las personas y se ponen en duda su honor y su vida profesional. No es más que el reflejo de la absurda y esperpéntica situación social y política por la que atraviesa esta sociedad carente de valores. Gracias a Dios que la grandeza del espíritu legado en el Ateneo, cuyo peso se cimenta en su más de un siglo de existencia, asegura y propicia su continuidad.