Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
En la ciudad todavía quedan vestigios de un esplendor anterior que ni siquiera sus peores enemigos, léase gobernantes afanados en asolarla con el pretexto de un modernismo equivocado, han logrado destruir. Las actuaciones que se llevan a cabo en el mismo casco histórico vienen a dar la razón a quienes elevan la voz para enaltecer el espíritu demoledor de los que se aúpan al poder y blande el temido blasón del progreso, término que parece estar reñido con la conservación y mantenimiento de la propia urbana, en nuestro caso con siglos de ordenación. Échense a temblar cuando el político de turno, en los temas relacionados con el urbanismo, proclama su ideario de ciudad para todos. Un todos que se resume en el beneficio, a la imagen y semejanza, de los que ocuparán los sillones del salón de plenos de la Casa Consistorial, en menoscabo de la gran mayoría de ciudadanos.
La ciudad y el progreso son totalmente compatibles. Hay lugares suficientes para establecer los medios y condiciones con los que dotar de las necesidades básicas que fueren precisa. Y en cada uno de ellos un diseño acorde a su entorno.
Los mercados de abastos, que están siendo suplidos con una ferocidad mercantil implacable e inhumana, por los grandes centros comerciales van desapareciendo del paisaje urbano y si se reponen, tras décadas de olvido y frustración para los placeros, se sitúan en los bajos de un mamotreto que no tiene mayor utilidad la de destruir un paisaje romántico, que debe ser una cosa horrible a tenor del engendro con el que se le suple. Pregunten ustedes a un parisino qué pasaría si al gobierno de su ciudad se le ocurriera, no ya dar por hecho un proyecto sino meramente insinuarlo, para la sustitución del mercado de las pulgas, o el de los vinos. O en Londres si algún jerifalte estirado de su ayuntamiento se le levantase una mañana con la intención de trasladar el Camden Market, el Portobbello Road en Notting Hill o Borough MarKet situado entre Southwark Street y Borough High Street, para sustituirlo por un bloque de hormigón y poner en sus bajos los tenderetes –sin toldos que los cubran, sin la hermosa provisionalidad de sus mostradores-.
Con la política de permisividad al gran comercio y a extranjeros que incumplen constantemente -en horarios y venta de productos que no se contemplan en el ratio de su licencia administrativa, o sea competencia desleal en toda regla- lo que a los sevillanos se le prohíbe se está usurpando la identidad de la ciudad, deshumanizando el trato entre compradores y mercaderes, alterando inequívocamente una forma de vida.
El progreso no es desenraizar la esencia de la ciudad para convertirla en el lugar donde sólo tiene cabida la desolación y el abandono de sus edificios y espacios más singulares a la especulación de los maltratadores urbanísticos, sin escrúpulos, que suelen estar al acecho de estos desmanes, siendo bondadosos con esta apreciación. Si se desplazan los lugares de ocio tradicionales se está desabasteciendo las necesidades de los residentes de las zonas históricas, convirtiéndolos en guetos en los que se aniquilan sus derechos fundamentales. Bastaría con adecuarlos, con las reformas necesarias, para el uso al que siempre fueron destinados; o en el caso de los edificios industriales en desuso modificarlos, asegurando sus estructuras originales, para otras rutinas culturales o comerciales. Destruir la arquitectura tradicional es negar el progreso y la historia a las generaciones venideras.