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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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LA VALIENTE*

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Hasta dónde la más absoluta entrega, hasta dónde el sacrificio por amor. Dónde puede baremarse la grandeza del espíritu sin fundirse en la cobardía que es innata al ser humano, en la condición que nunca nos beneficia. ¿Surgen dudas cuando la vida, la tuya o la de tus familiares, puede correr peligro ante la toma de una decisión por amor? La sospecha de unos ojos que miran, de unas palabras que llegan o de unos gestos que delatan, que señalan inquisitoriamente, que condenan a la hoguera, nos parecerán jueces endemoniados que nos condenan, que emiten sentencias sin ninguna vacilación, aún sabiendo de la injustica del proceder, aún conociendo de la inocencia del reo.

     No hay dudas, ni miedos, cuando se obra por amor, cuando el afecto se empareja con la devoción, cuando la fe se muestra inquebrantable. No hay dudas, ni dilemas, ni posibles alternativas cuando se trata de salvar a la Madre, cuando no hay más respuesta que la del compromiso ante el peligro.

     No podía Traicionarla ahora que se lo pedía, ahora que La necesitaba. Ella que siempre la había escuchado, que había compartido sus aflicciones, llorado sus penas, reído sus alegrías, oído sus súplicas y fue hasta su fiel confidente en los momentos de desesperación. La ruindad de la simple duda no pasó jamás por su mente.

     Esperó el destino a que la tarde cayera para cumplir con su sino, a que las sombras proyectaran sobre las cales de los muros abrasados por el sol del verano sus siluetas pajizas, a que el sigilo se apoderara de las calles y que sólo la incipiente luna atestiguara el suceso. Las prisas desmotivaron la procesión, la comitiva impetuosa traspasó el viejo umbral de lo que antes fuera casa de nobles y ahora acogía la humildad doméstica de pucheros de café, olores que se combinaban para desconcertar los sentidos, de ropas tendidas y carteles que proclamaban la derrota del fascismo, el triunfo de la utopía revolucionaria. El fulgor mínimo, luz ínfima que horadó la oscuridad impuesta por la noche, de un cigarro focalizó la atención de la cohorte.

     Cuando se abrió la puerta un albor invadió la modesta galería. La balconada, vencida por los estragos climatológicos a la que se encontraba expuesta sin piedad, atestiguó el paso y la llegada de la Reina. La mujer se echó a un lado para que entrara la Gracia, para que la humilde estancia se viera bendecida y transformada en santuario desde aquel preciso instante, en el mismo momento que  mantuvo la certeza de que nada malo podía ocurrirle dando cobijo y resguardo seguro a la Vecina con la que tantas y tantas horas compartiera.

     Algunos, porque sus dormitorios lindaban, oyeron la musicalidad de unos rezos, escasas oraciones disimuladas, sin prestar demasiada atención. El sueño y el cansancio fueron cómplices. La Providencia, perfecta encubridora. En la cama, aparecía Transida. La mujer se echó al suelo. El sopor terminó abatiéndola. Luchó para no perecer al cansancio y la fatiga. Sabía que cualquiera de los pasos que rechinaban por los estribos de la escalera podían sorprenderla y señalarla como traidora, que siempre hay una mirada oculta tras una celosía dispuesta a delatar y jactarse con las treinta monedas que valoran una vida. Sucumbió y soñó. La Invitada mantendría vigilia por ella.

     Por el rostro de Victoria navegaron dos lágrimas cuando la Virgen se iba, a otro destierro, a otra casa. Sonrió su Esperanza. Las dos miradas cruzadas, la de la Reina y la dama, la de la Madre de Dios y la de la sirviente franca, mostraron su complicidad sin que nadie lo notara, sin que nadie lo apreciara quedaron las dos citadas, como quedan dos amigas, como la Madre y la hija y sin decirse palabras quedaron por siempre unidas. Dos noches, dos madrugadas, dos mujeres confiadas y abrazadas en el sentimiento de la protección mutua. Las dos estaban salvadas. La Macarena vivía. Victoria suspiraba. Cuando la Virgen se fue quedó la casa desolada, arrasada por el vacío tras haber acogido a La que todo lo puede, a La que ofrece Esperanza sin esperar nada a cambio, también a los que la amenazaban.

     Entonces Victoria pensó que Quién custodiaba a quién y quien sería la valiente.

  

  

  

*Al valor de Victoria Sánchez Contreras, en los tiempos más convulso de la reciente historia de España, en el cincuenta aniversario de su fallecimiento.

 

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