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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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MANOS PARA UN SUEÑO*

 

manosApenas se pueden vislumbrar las primeras luces del día y ya está dispuesto a ponerse en el camino, es la costumbre arraigada en su forma de vida tras más de cincuenta años madrugando para incorporarse al trabajo. Ahora ya no puede desligarse de ella. No recuerda un solo día de su vida laboral en el que llegara tarde. Ni uno sólo. No hay todavía claridad suficiente y las sombras predominan en las viejas y estrechas calles por las que Manolo transita sin demasiada preocupación. Le gustaba acompañarse de estos primero fríos en sus caminatas vespertinas. Son más entrañables y cómodas de soportar que los crueles calores veraniegos.

Acaba de cumplir ochenta y tres años y conserva todavía cierta lozanía en su aspecto, vamos que no representa la edad que le marca el almanaque, y lo que es mejor y más saludable aún, su espíritu parece haberse anclado en su mocedad. No hay día que transcurra sin caminar, ni jornada sin visitar el mercado de la Encarnación, donde todavía mantiene y guarda viejas amistades. Allí desayuna y marca una muesca en el calendario de su rutina diaria que, muy al contrario que otros, le gusta mantener.

Sus manos atesoran gran parte de la historia de las Hermandades de Sevilla, de la provincia y de la nación. Cada pliegue de sus encallecidas manos guardan el nombre de una advocación; las yemas de sus dedos saben de la memoria que surgieron de los pequeños y sutiles golpes con los que extraían, sobre el tas y de una simple lámina de plata, el relieve barroco que dibujara el maestro del taller, aquel recreó un cielo para acoger a la Esperanza y dibujara un manto que recogiera y guardara los sentimientos de su Coronación, y del que hoy se muestra orgulloso. Por más que intente disimularlo, por más que no quiera realzar su ego y lo cubra con un ropón de modestia, sus manos han cincelado altares, credencias, varales, ciriales, coronas y el Camarín de la Virgen.

Fue el mejor tiempo, me descubrió una tarde de café y polvorones en la mesa camilla del salón de su casa. Cada mañana se enclaustraba en el jardín primoroso donde se presenta diariamente al mundo la Santísima Virgen. Encajando aquel puzle de piezas argénteas, que fueron saliendo del sueño de D. Fernando Marmolejo, las horas transcurrían con la celeridad imperturbable del trabajo bien realizado. Iban trenzando aquella bendita locura, consolidando aquella vieja aspiración macarena de dotar de un habitáculo celestial a la Madre de Dios, y como ser humano, mediado el día, llegaba la inevitable pausa para reponer fuerzas. Como la casa quedaba demasiado retirada para ir y volver, el orfebre solía almorzar en alguna dependencia de la Hermandad para continuar de inmediato con la menesterosa faena. Una tarde, vencido por el cansancio, y tras comer copiosamente, le sobrevino un intenso sopor que, ni quiso ni pudo evitarlo, le procuró una reconfortante modorra. Y allí mismo quedó dormido, a las plantas de la Santísima Virgen.

Cada vez que visita, ahora con sus nietos, la Basílica su humildad no le permite señalarse como artífice de la gran obra de nuestra Hermandad, pero sí presume –con orgullo y preclara ostentación- de haber sido custodiado por la Virgen de la Esperanza mientras él dormía a sus plantas.

 

 

 

 

 

 

 

 

*A Manuel López, primer oficial del taller de Fernando Marmolejo Camargo

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