Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La desvencijada puerta, antes un portento para la seguridad, muro inquebrantable que auspiciaba la protección de los residentes, salvaguardia de los males que se producían en el exterior, ese lugar inhóspito donde se había acomodado cualquier despropósito que la mente humana pudiera elucubrar para instituir la maldad, se desplazó gruñendo para dejarle expedito el paso.
La visión no podía ser más desalentadora, más deprimente. Un patio desolado, acotado por la soledad en todos sus ángulos, sin ningún atisbo de la alegría que en otro tiempo lo recorría, llenándolo con sus risas, con juegos. Despoblado de aquella algarabía se había convertido en un páramo, de esos que don Antonio Machado descubre en la vieja Castilla.
Alguna grandeza lograban retener aquellos muros, con el blasón mostrándose a la visión para descubrir una añorada hidalguía de sus antiguos moradores, nobles venidos a menos que se desprendieron de sus propiedades para continuar sosteniendo una vida que ya era suya, que ya no les pertenecía, que rémoras de un pasado esplendoroso. Ahora no era más que una vieja casona donde habitaba el olvido, donde se había instaurado, con toda su rotunda crudeza, el presente.
Como un santo y seña, como una revelación mágica, aquellas palabras se fueron prendiendo en el grosor de los viejos muros, para esparcirse y transferirse, para filtrarse metódicamente, por las vacías estancias donde de improviso, en una de ellas, la más alejada, se hace la luz, una luz macilenta, de enflaquecida luminotecnia, como el faro triste que advierte de la decadencia que le rodea e improvisa una emisión luminosa para señalar donde acudir. Otra vez las palabras y hay un rosario de pisadas recorriendo un pasillo –ay si aquellas paredes divulgaran los secretos que les fueron conferidos- intentando apresurarse en el encuentro. Son pasos pesados, lastrados por el tiempo, de empujes ya casi imposibles porque el peso los años comenzaron, hace algunos lustros ya, a dar muestras de cansancio, a dejarse vencer por la rutina y la melancolía, a dejarse arrastrar donde el recuerdo ilumina sus ojos.
Era como una proclamación regia, una declaración sentimental que iba anegando, una por una, todas las habitaciones. El aire era relator de dichas que iban aireando los espacios, llenándolos con la alegría del dolor, con la resignación de la aflicción. Ambos se encaminaban, recordando y promulgando el rito, tan añejo como nuevo, para investirse. Dama de honor de apostura, compañera del sueño, le imponía la túnica de ruán como si de un caballero medieval, con destino a una cruzada, se tratara. El cinturón de esparto ciñéndose dignificaba aún más la figura. Enhiesto bajaba las escaleras y se situaba junto al cancel que ya le mostraba la calle. Erguido, ajustado el alto capirote, accedía a su vía dolorosa para recorrer los escasos metros que le separaban del templo. Subía presurosa aquellas mismas escalera que ahora se le mostraban inaccesibles, para verlo desaparecer, engullido por la noche, tras la esquina.
El hombre le hace entrega de un trozo de papel, de un recorte acartonado. Primer trimestre, Hermandad del Gran Poder. 1967. Cuando desaparece tras el viejo portón, desprovisto de grandeza, la mujer retoma el camino. Cuando se enfrenta a él, vencido por la enfermedad, apostado en su sillón, aturdido por aquella extraña precipitación, que le ha despojado de su presencia durante unos minutos, siglos impuestos por la soledad, le toma sus manos y deposita en ellas el cartoncito que le dibuja una sonrisa en los labios, mientras tuerce su mirada hacia una esquina, donde el rostro de Dios se le muestra ennegrecido, como el ruán que ahora descansa en el arcón, reteniendo toda la esencia del amor y la fe de más sesenta madrugadas abriéndole paso al Señor del Gran Poder.