Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Comenzábamos a sintonizar con aquel rodillo que desplazaba, con dificultad y escasa precisión, como a trompicones, el dial iluminado de una vieja radio de cretona, sorteando casi siempre el destino deseado, volviendo a veces sobre nuestros pasos para lograr la sintonización que nos permitiera una audición clara. Ansiosos, en nuestro afán por captar la emisora precisa, esa misma que aún siguen emitiendo en nuestros recuerdos, esperábamos la caída de la tarde, todavía intentando desasirnos del murmullo de la clase, de la voz ronca de don Felipe explicando la simbología de la tabla periódica, para apostarnos junto al aparato de radio.
Sonaban las señales horarias de la Sociedad Española de Radiodifusión y se alertaban los sentidos, centralizando toda la atención en aquella voz acuosa que iba informándonos de lo que sucedía en el país y con menos profusión, en el mundo. Y luego todo se irradiaba de una mágica semipenumbra, estadio de la tarde en las postrimerías del invierno, que nos procuraba la intimidad necesaria para sumergirnos en el mundo de nuevas sensaciones que nos llegaban a través de las ondas.
Durante una hora, nos encubría un halo de misterioso sortilegio, pues de improviso nos llegaban los sones de Virgen de las Aguas, para abrirnos las puertas de Cruz de Guía, y la caudalosa voz de Filiberto Mira inundaba los espacios del salón, que nigrománticamente se transformaba en aula de formación y conocimiento cofrade donde los jóvenes –ellos aún ignoraban que en el transcurrir del tiempo ocuparían los cargos dirigentes en sus hermandades- se disputaban el hermoso galardón de una rosa de plata, obra de don Fernando Marmolejo, que ofrendarían orgullosos a la Virgen de sus desvelos, conseguida con la sapiencia y pericia cofradiera más inverosímil.
Conforme la cuaresma avanzaba, el alma se anegaba de belleza, con aquella voz que provocaba espasmos de satisfacción cuando recitaba una poesía de Rodríguez Buzón, declamación perfecta, emoción al límite, palabras convertidas en sentimientos, para descubrirnos las grandes plumas de la literatura cofrade. En Sentir Cofradiero, Agustín Navarro, redivivo juglar de las ondas, emisario de la más profunda teología popular, nos fue formando en la sabiduría de la Semana Santa sevillana, una filosofía tan sencilla que acaso pueda observarse y comprenderse en el cadencioso vaivén de una bambalina o en la mirada que la observa absorto. Eso nos transmitían y unas ganas locas por encontrarnos con el primer nazareno.
¡Cuántas noches en vela oyendo Sevilla paso a paso! El pequeño transistor oculto entre las sábanas, disimulado bajo la almohada, con la certidumbre, enraizada en nuestra inocencia, de haber esquivado la ordenanza materna que nos obligaba a tomar el camino del sueño, mientras José Manuel del Castillo iba desglosando las emociones de las hermandades hispalenses, descubriéndonos los pequeños secretos, los recovecos de la historia de la semana santa más hermosa del universo.
Pero si hubo un programa donde se prendían los sentimientos, donde la evocación era ya el primer signo de la consumación del tiempo, del enclaustramiento de la ventura, fue Saeta, aquel programa que nació con la vigorosa ilusión de unos jóvenes, en la congregación de Los Luises, en 1955, y cuyo alma mater fue Carlos Schlatter. Oir la voz rota de Centeno, demudada y transfigurada por el paso del tiempo, recibiendo a la Cruz de Guía del Silencio, venía a significar la rotura husos horarios, atravesar la barrera que delimitaba la concreción del gozo de la espera.
Fueran esas voces, las que impregnaron nuestro espíritu del amor hacia la Semana Santa de Sevilla, las que fueron construyendo, en el interior de cada uno de nosotros, el fastuoso mundo de las emociones, las que exploraron nuestros sentidos para descubrirnos el inmenso azul del cielo, en el mediodía del Domingo de Ramos, profanado por un nazareno de la Hiniesta, que al doblar un esquina, entonaba la primera oda de la representación de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de la que nosotros seríamos testigos presenciales.