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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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MI CALLE

           

                                                                                          HOSPITAL-copia-1.jpgHacía ya muchísimo tiempo que no pasaba por allí. Muchos años de pereza, nunca de olvido ni desdén. Muchos meses de ocupaciones que me distraían en mis recuerdos, que me retraían de mis vivencias, de esa segunda infancia que viví–momentos compartidos con las del pueblo donde ví la luz primera-que recuperé y compartí hasta que me casé.

Fue una calle casi comercial, llena de vida, de trasiego incesante, vía que servía de nexo entre los barrios “nuevos” del norte de la ciudad y el centro histórico. Un barrio de casas con patios, de viviendas unifamiliares que les dirían hoy, que fue creciendo junto al hospital de la Cruz Roja, edificado a la espalda de las viejas huertas del convento de los Capuchinos, terruños de antiguos de árboles frutales y espigas de trigo, donde Fray Diego de Cádiz profesara, tras su noviciado, y empezara su vida de servicio a Dios y la Iglesia; donde Fray Leopoldo de Alpandeire inició su oficio de limosnero y su camino a la santidad.

            Las mañanas se desperezaban con la procesión bulliciosa de una cohorte de infantes camino del colegio. Era la primera alegría de la jornada que venía a ocultar el dolor y la resignación que tras los muros del hospital había tomado incómodo aposento. Los bares, barómetros de actividad mercantil, se poblaban de familiares, de personal y de transeúntes. Difícil tarea encontrar un hueco en estos establecimientos durante los desayunos, en los aperitivos, en los almuerzos, en las meriendas de calentitos y chocolate, y hasta en las cenas. El estanco, que aún sobrevive a la obstinación de esta reurbanización que está destrozando la ciudad, dispensaba sin cesar, el quiosco de Luisa, justo en la esquina con la Ronda, linde de un mundo nuevo y bullicioso, de tráfico endiablado, era una especie de aduana donde el arancel era el gesto de salutación o la compra de un Tiovivo o un TBO.

            Mi casa sigue allí, con la misma puerta que atravesé en miles de ocasiones, testigo de mis idas y venidas, encubridora de mis sueños, catapulta de mis proyectos. Siempre abierta y siempre dispuesta a acoger a quien quisiera traspasarla para instaurarse en un hábitat de amistad y vecindad casi familiar. La vieja puerta de mi casa ha sido espectadora de nuestra transformación, de la alegría cuando traspasé su umbral, una noche de Jueves Santo, estrenando mi  primera túnica de adulto, aunque aún me faltaran meses para cumplir quince años, capirote en mano, capa recogida, sintiéndome fiel hidalgo, custodio de la fe que me fue transmitida.

            Ayer pasé por mi calle, la que tiene prendida mi segunda infancia, mi adolescencia injertada en sus aceras y en sus casas, y no logré reconocerla. Me pareció más oscura, menos acogedora, desposeída de su espíritu y un halo de tristeza desparramada en sus aceras, ahora desiertas. Quizás mi memoria me haya traicionado con la idealización de esta parte de mi vida. Tal vez la nostalgia haya impuesto su cadencia. Los viejos fantasmas siguen adheridos a casas que ya no existen, a comercios devorados por la especulación. Los bares –el Rumbo que tenía hasta pensión, los Modiles con sus barriles, el Mesón de la Sangría con la innovación presentada en una sonrisa, la Bodeguita Romero donde las partidas de tute y dominó pagaban mostos y tintos, Baravenida, Casa Bonares que nadie conocía por este nombre y sí más por su alias, Casa Rubio, y el Burladero, sólo el Yedra, reconvertido ahora en casi un restaurante-  han perecido absorbidos por tiendas de telefonía, edificios de nueva construcción y establecimientos de baratijas extranjeras, que han aniquilado el hermoso espíritu que en un tiempo hizo posible que unos niños pudieran disfrutar de lso encantos de la infancia. De los cines Delicias y Cruz Rosa son solo dos románticos recuerdos de otro tiempo.  Ayer pasé por mi calle y la nostalgia me pudo.  

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