Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La revisión histórica de los sucesos que, durante la década de los años treinta del pasado siglo, mantuvieron la ciudad sumida en el caos y la desesperación, con el enfrentamiento encarnizado de las dos opciones políticas del momento, sigue siendo uno de los temas que más controversia viene generando, aún en nuestros días. El paso de los años no ha hecho más que acrecentar y ahondar en los desmanes y abusos que se cometieron por parte de ambos bandos. El motor propulsor de esta inacabable y recuperada secuencia, casi cinematográfica, de odios y rencores se ha avivado con la aprobación y aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, edicto que solo favorece a una de las partes y que no viene a resolver nada; muy al contrario ha avivado el rescoldo, ya casi apagado, de quienes no quieren olvidar los sucesos más triste y lamentables de la reciente historia de esta nación llamada España, por mucho que le pese algunos.
Libros, artículos y comentarios en las más diversas publicaciones vienen a devolvernos la tragedia de aquella desgraciada época de constantes altercados, que en muchos casos tiñeron de luto las casas sevillanas y destrozaron familias, que devastaron prodigios arquitectónicos e ilustres piezas artísticas, de un valor incalculable, devoradas por las inquisitorias llamas provocadas conscientemente por unos ignorantes que suponían que con la quema de los templos, los asesinatos de sacerdotes y servidores de la Iglesia conseguirían eliminar la fe y la devoción hacía Dios.
Es bueno que las generaciones actuales conozcan las causas y los motivos que provocaron que hermanos –y no es un eufemismo la utilización de este vocablo- se enfrentaran a hermanos movidos por el rencor y el fanatismo, de las ideas llevadas a sus extremos más execrables. Especialmente para evitar que vuelvan a repetirse sucesos que siempre vendrán a deformar los valores, despedazando cualquier vestigio de humanidad y cordura. Pero este bombardeo constante sobre los hechos, recordando que aquél cometió más tropelías que aquellos, por eso éstos tomaron venganza sobre los otros, y que luego volvieron a administrar justicia sin mirar donde caía el flagelo vergonzante de la iniquidad.
La historia necesita de reposo, Hay que dejar sedimentar las turbulentas aguas de estos acontecimientos y que mentes limpias puedan enjuiciar, con equidad y objetividad, qué causas motivaron este despropósito, por qué las consecuencias fueron tan truculentas, qué razones se perdieron para la actuación de unos y otros. Y no estoy diciendo que ignoremos lo evidente. Ya quedan pocos ilusos en esta sociedad y cada vez hay más razones de valor para encauzar toda la información. Y por supuesto, habrá que restituir el mayor patrimonio de los hombres, su dignidad, devolviendo al lugar que corresponden los cuerpos de los antepasados, fueren del signo político que fueren y defendieran cualquiera de los ideales. Es más, no es un derecho, es una necesidad aplacar la intranquilidad del espíritu de hijos y descendientes, pero habría que haber articulado de forma menos llamativa y más íntima estas reposiciones al honor de los ultrajados. Todos, sin excusas, debemos aceptar que la historia no tiene por qué volver a repetirse, aunque a algunos les guste banalizar con los sentimientos para la obtención de beneficios propios, suculentos favores que engrandecerán su patrimonio particular, desviando la atención de la población hacia hechos, inaceptables sí, pero que ocurrieron hace casi un siglo.
Y no olvidemos que nuestra ciudad padeció, muy especialmente, los rigores del fanatismo, que ocupó el lugar donde debía habitar la razón. Gracias a que algunos hicieron de tripas corazón hoy podemos seguir mostrando nuestra fe en Dios y nuestro amor en la Mediación de María Santísima de la Esperanza, que hace un mes bajo para ofrecernos la mano que todo puede.
Alguien, hace setenta y cinco años, traicionando quizás sus equivocadas ideas, haciendo uso seguramente de su memoria sentimental y devocional, se acercó a un macareno, que saboreaba un mosto en el Tendido Once, y con voz temblorosa le dijo, José, sacad a la Virgen que esta noche van a por Ella.