Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Ya comenzó el tiempo, éste que nos trae la luz amortiguada de las tardes, sin el rigor incandescente del futuro y sin las sombras prematuras del invierno que ya comienza a perecer. Se han dilatado estos días porque la luna, la que recogió las sombras en el monte Sión, la misma que alumbró la gran traición, se nos ha vuelto perezosa esta primavera, indolente y apática, despreocupada en mostrarnos su primer gran albor.
Ya comenzó el tiempo que nos trae este aire limpio purificado tras estas lluvias que han baldeado los campos, que han alisado los terruños donde se hunde el pié del labriego mientras camina dispuesto a la tarea y han comenzado a amortajar a las hirientes punzadas del frío en los alcores, en el aljarafe y en la ribera, con los embozos, desplegados por las primeras brisas de la mañana, de los viejos olivos, de los álamos o de los abedules.
Ya comenzó el tiempo que nos engaña en la tristeza, que nos regala la claridad de la vida que parece que siempre nace cuando en los naranjos comienzan a mariposear las flores del aroma refrescante, del aroma embaucador, del aroma misterioso que se nos presenta de pronto para removernos los sentidos, para hurtarnos el tiempo futuro e instituir la nostalgia, que en esta Sevilla nuestra siempre es presente, siempre es instante y siempre eternidad.
Ya comenzó el tiempo que amalgama los sentidos, que nace para ti, para todos con la única intención de hacernos feliz, de conmover el alma con el tímido temblor de la luz de un cirio, que aparece perdido en la inmensidad de un altar de cultos, y que se muestra medrosa cuando se ve sorprendida por la mirada perdida en el silencio de un templo. Viene engarzado en la grandeza de un suspiro, en el temblor de un beso.
Ya comenzó el tiempo que nos envuelve en la nebulosa de un sueño, cápsula sedosa que retiene la realidad para ir transformándola en palomilla de hermosas alas policromadas, que levantará el vuelo el mismo día que despertemos a la emoción, a ese sentimiento siempre nuevo y siempre añejo que se nos plasma con la primera visión de un nazareno o con el sonido que nos traerá, ondeando el recuerdo, de una cadencia musical enredada a la plata cincelada de unos varales o enhebradas en los perfiles juanmanuelinos de unas bambalinas y entonces ya no sabremos distinguir si aún continuamos dormidos o hemos despertado a este edén tras haber bebido del conjuro espiritual que se nos ha colado en el alma cuando se nos presenta de improviso, trasgrediendo la oscuridad que lo atenaza y cautiva en una capilla lateral, ese atisbo de paso que han comenzado a montar.
Ya comenzó el tiempo. Nos lo ha pregonado esa primera convocatoria de culto que lame y desgasta los siglos en las paredes de las iglesias, que nos advierten en las esquinas, floreados anuncios de predicaciones y ritos, de costumbres y usos religiosos, de la llegada del ensimismamiento del alma, de la congratulación de los sentidos y la sinrazón.
Ya comenzó el tiempo que empieza a vencerse en los confines de su propio ser, a transfigurarse cadenciosamente en el espíritu de la ciudad, que inicia su huída para dejarnos huérfanos y desamparados en esta nostalgia del tiempo no vivido y que incluso en la certidumbre física de saber que no ha llegado aún, que todavía tenemos que persuadir al universo en su fuga sideral, del gran acontecimiento que está por llegar, y deshacernos de estas capas de melancolía que culminarán con la entonación, mayestática y popular, de los soleanos cantos a la madre consumida de dolor y de pena, antes de que las campanas de San Lorenzo pregonen al aire de la ciudad la buena nueva de la Pascua de la Resurrección.