Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
¡Qué poco se imagina el campo, que acoge la semilla del trigo, la importancia que toma y mantiene en una mente sevillana, qué poco valor se asigna a sí mismo el terruño recién arado, donde un surco guiado va abriendo sus venas, pendientes del agua que ablande su heredad, solícito del sol que dore los suelos y lo dote del calor preciso para que afiance y germine en su ser la simiente! Qué importante el tiempo y la paciencia del hombre que vigila el crecimiento de la espiga, de ese tallo dorado e enhiesto que se alza orgulloso sabedor de los granos que contiene, del labrador que asea y limpia las malas hierbas que le rodean y asedian, manos de diablos que se cercenan para preservarlos de la pureza que la naturaleza le otorga. Qué alegría de campos bruñidos ondeados por el aire tibio de una tarde de verano, que nos muestra la obra de Dios puesta al servicio del hombre, que recolecta sus bienes y los transforma en alimento.
Qué poco imagina el molino que es paisaje de sueños, que es imagen onírica en el tapiz que la quimera esboza cuando el grano se desmiembra del cuerpo, de la espiga que fue hogar y habitáculo seguro hasta ese preciso momento, y se expone a su holocausto para que las fuerzas de los vientos o la potencia de las corrientes fluviales procuren su transformación en polvo blanco, limaduras de futura gloria y esplendor de paladares.
¿En qué pensará el panadero mientras sus manos moldean la mezcla que procede del campo, que del molino le llega, hasta convertirlo en pieza, hasta moldear su figura? ¿Qué pensará mientras se hornea? ¿Dónde prenderá su obra, cómo será la mesa que le acoja, donde perezca?
¡Qué poca trascendencia la del vuelo de la abeja, de flor en flor, sustrayendo el néctar a las amadas expuestas, con el galanteo de su febril vuelo, con artificios amorosos que se desvanecerán en cuanto obtenga el fruto de la doncella que mancillada, llorará sus penas de vivos colores, en las laderas del monte, en la llanura de un valle, en la escarpada cúspide de una montaña, mientras el aguerrido doncel se alejará presuroso, orgulloso de su victoria, y entregará el producto de su ardid a la reina de su mundo, a la que le roba el alma para dulcificar su cuerpo!
¡Qué complot de la naturaleza para alegrarnos la vida, cuando todos se entremezclan, cuando se jactan y prestan de la amistad, cuando el pan se rebanea, y se cubre de huevo, y se fríe y de la miel se galanea para hacerse ventura de dulzor y de sorpresa que en el paladar se recrea mientras las fuentes decrecen en el fragor de la comienda, que no contienda!
Qué pregón de sensaciones tras una torrija se encierra, qué sería de nosotros sin ellas, en la cuaresma. Y aún cuando ésta termina y el incienso ya cesa de enaltecer con sus aromas las delanteras de palios, de asombrarnos con sus siluetas, pavoneándose en el aire, aunque el tiempo no se detenga, que buena está una torrija –mejor engullida que entera- mientras observas a lo lejos como un paso se aleja.