Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Se han pasado la tarde confeccionando el gallardete, con papel de seda el fondo, la base donde se ha dibujado un emblema, heráldica inventada de la gran casa de vecinos de donde saldrá la comitiva, y que se ha ribeteado con el papel de plata de una tableta de chocolate, que han ido guardando como un tesoro, desde que terminara la Semana Santa, en un tomo de la enciclopedia Espasa para que se laminase y perdiera las arrugas como humildes de batihojas. Para el mástil servirá el palo en desuso de una escoba. Será un estandarte, la insignia que con orgullo precederá al paso. El monte se cubre con flores silvestres y algunos claveles diseminados y rematado por la cruz formada por dos tablones y que aún guarda marcas de unas manos que la tomaron antes de que la pintura secase. Instaurada en la cúspide los semblantes de los niños relucen de alegría. Por la tarde, vencida la impaciencia, dejado atrás el cansancio por el ajetreo de los días anteriores, culminados los preparativos, la comitiva inicia su periplo. No hay más música que el estruendo de unas latas de tomate invertidas y que serán golpeadas para propiciar una especie de redoble estruendoso que intentará fijar el paso de los eventuales costaleros, que el capataz intenta enderezar, con una voz que remeda los órdenes de viejos capataces, que para eso se llevó todos los días de la semana santa observándolos, desde su silla en la calle Sierpes. La procesión infantil está en la calle. Sus filas repletas de ilusiones. Hay una belleza inaudita en la imperfección de esta comitiva, de sus atributos y enseres y hasta en la asimetría del paso parece haberse establecido la felicidad. Porque viene todo hecho por ellos y esa es la mejor y mayor alegría.
Así de hermoso, así de sencillo, eran las cruces de mayo infantiles. Así, sin la espectacularidad de las que hoy se ven por las calles de esta Sevilla a la que están desnaturalizando, a la que están robando la identidad de sus cosas más hermosas.
Hay, en nuestros días, cierto de afán de protagonismo en todo lo que se realiza en torno a las tradiciones y las cruces de mayo no iban a quedar excluidas de la vorágine de egolatría con la que algunos intentan destacar.
La proliferación de verdaderas cofradías, con imágenes de vestir, emulando cuando no copiando, a referentes devocionales de esta ciudad, con pasos ejecutados en carpinterías profesionales, con estucos, repujados y dorados que ya quisieran algunas hermandades con siglos de historia poder realizar, y algunos con más costaleros que el misterio de la Bofetá, viene a confirmar la decadencia de esta sociedad que prefiere desamortizar su memoria en pos del figureo personal, en desbancar a los protagonistas de una de las más hermosas tradiciones populares para proclamar el esplendor de la egolatría. No hay motivos para sacar estas procesiones, que llevan hasta servicio de seguridad de la policía local –servicio que se les niega a cofradías de gloria-, si no es para presunción social de quienes la fomentan o crean. Hasta difusión periodística se les presta.
Arguyen algunos de estos estrambóticos personajes que su pretensión no es más que continuar la tradición de las cruces de mayo, que no intentan suplantar devociones. Flaco favor hace estos lumbreras a la tradición de Sevilla. Si no tuvieran la repercusión mediática de la que gozan, tal vez no se propagarían con estas muestras de pedantería. Si destinaran los cuantiosos fondos, que consignan a fomentar y propagar la petulancia, a obras sociales solventarían algunos de los numerosos y graves problemas que están carcomiendo la dignidad de muchos ciudadanos. Pero claro, eso tiene escasa –por no decir ninguna- repercusión mediática.
Prefiero gozar contemplando el paso de una caja de cartón con una cruz de madera hincada en su superficie, dando bandazos por las calles, y ver como los niños, improvisando, y con su propio esfuerzo, construyen ilusiones que un día le servirán par dar valor a cuanto hacen y traspasar la originalidad de sus pensamientos a las hermandades donde sí resplandecen los gozos, donde sí se potencia la devoción. Ahí radica la fuerza y el origen de nuestra razón de ser.