Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Creyó que le cambiaban la vida a peor. La mente de un niño, todavía ensoñada con las ilusiones, desprovista de la malicia que le acecha emboscada en la primera esquina de la juventud, ese preciso instante y lugar en la que la niñez empieza a mudar las primeras capas de la inocencia, para hacernos más vulnerables a la iniquidad y falsedad de la sociedad, no puede comprender las motivaciones que sus mayores disponen para todo lo contrario, para establecer una vida más confortable y menos ingrata; no puede entender que de pronto todos sus amigos de juegos queden varados en el puerto, ondeando sus pañuelos en el malecón de las penas y desventuras por la pérdida del compañero de juegos, del cómplice de fechorías en los campos de amapolas en primavera o del solaz verdoso recién recubierto de rocío en las postrimerías decembrinas.
Aquella mañana de febrero se abrió un mundo nuevo para él, un mundo lleno de posibilidades que aún desconocía, lleno de nuevas inquietudes que supondría el descubrimiento de otras agitaciones sentimentales que vendría a su encuentro para sorprenderle, que estaban esperándolo ya para proveerle de nuevas dichas, de otros júbilos que acrecentarían su saber y su conocimiento, que agigantarían el espíritu y que con el transcurrir del tiempo marcarían su felicidad y la de los suyos
Aquella mañana, aún sin él saberlo, ignoto de los acontecimientos extraordinarios que en adelante le depararía el cambio forzado, cuando el taxi lo alejaba de los campos de sus sueños, de sus pendencias y afectos, y empequeñecía la figura de sus amigos en el horizonte de su memoria, estaba naciendo a su juventud, a una etapa diferente donde su memoria iba a implantar el regocijo de su infancia.
Aquella mañana todavía no entendía que también la memoria de los suyos buscaban sus raíces, las suyas propias, para ponerle al corriente de sus vidas, de sus hechos de niños incluso de sus inocencias, ésas mismas que ahora le mortificaban a él. Todavía no tenía conciencia de la importancia y la alegría de sus padres retornando a la ciudad en la que se conocieron, en la que vivieron sus primeras experiencias, sus primeros escarceos amorosos, el descubrimiento de la común devoción por formar una familia y que estas circunstancias preñadas de ilusión fueran precisamente las impusiera el destierro. Retornaban, aún en su dolor, al origen, a la fuente de la que manaba sus memorias para implantarlas en las suyas, al génesis parental donde inscribieron sus antepasados sus glorias y sus miserias, sus virtudes y descalabros, sus aciertos y deslices, a recuperar la luz, de la tarde prolongada, cuando paseaban por la cresta de la explanada, entre el hospital y la muralla, y sus ojos la absorbían para transformarla en ilusión.
En estos días del preámbulos del gozo, del estallido de las emociones en las fronteras del ensueño, ha resucitado aquella mañana gris de febrero, desprovista de colores en la memoria, como aquellas películas en blanco y negro, de sesión infantil en el cine Quevedo o Estrella, y que quedó retenida en sus pupilas junto a la imagen de su amigo agitando el brazo, en rictus de despedida con vislumbres definitivos, de adioses entrecortados y gestos retenidos para no dejarse sorprender por la melancolía.
En estos días se han ido alejando las ausencias, se han acercado los recuerdos asidos del mismo brazo que se agitaba inquieto para devolvernos cuarenta años de espaciadas evocaciones, de remembranzas de juegos y altercados. Una llamada telefónica nos ha acercado al pasado, nos ha destronado de la añoranza para revertirla en certidumbres, en reencuentros. Cuatro décadas y ahora volveremos a vernos. La voz de mi amigo Eduardito me ha devuelto a la niñez.