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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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SIEMPRE LA ESPERANZA.

TERREMOTO-DE-LORCA.jpg            Las vanidades de los hombres sucumben ante los hechos incontestables y contundentes de la fuerza natural que rige nuestro planeta. La soberbia demostrada ante el dominio del mundo, al que creemos poder someter con nuestros ingenios y la fuerza bruta, se ve de pronto minimizada por la virulenta respuesta de la tierra, este ser vivo, que de hermoso y extraordinario, no quiere ser sometido a los dictámenes del ser que ha mostrada su primacía sobre los que Dios puso en su suelo.

            Cualquier exaltación de la prepotencia del hombre frente a la mayestática fortaleza del planeta viene siempre a desplazar la fiel creencia de que el hombre es capaz de doblegar la naturaleza por el mero de saber que Dios instauró en su mente el saber, la conciencia sobre los actos y la inteligencia, desconociendo que estos dones fueron otorgados para desligarnos de la sinrazón, del instituto por el que actúan y obedecen las fieras y animales.

            La conciencia se desvanece en la espesura del remordimiento cuando acontecen sucesos como los de Japón o los acaecidos hace pocos días en Lorca, esta ciudad levantina que se despertó inocente a las acometidas telúricas que la sorprenderían al principio de la tarde. Los terremotos y las réplicas que le sucedieron sembró el pánico entre sus habitantes. La placidez de la supremacía del hombre, sobre su entorno natural, los seres que la habitan, se vió de inmediato en entredicho, empequeñecida por esta muestra –recordemos otros de mucha mayor envergadura que desolaron ciudades, campos y vidas- del poder de la tierra cuando rebela, cuando necesita regenerarse. Ignoramos la virulencia de su dominio, el absolutismo que demuestra y los escasos distingos que realiza. Otorga justicia natural. Las imágenes no pueden ser más elocuentes.

            La vida en la ciudad ha quedado restringida a las actuaciones del personal de la Unidad de Emergencias del Ejercito –este estamento del estado que muchos consideran una inutilidad y a la que recurrimos con frecuencia para situaciones como la ocurrida en la ciudad murciana- que se ha puesto al servicio, porque es también su obligación, del pueblo en estas catastróficas circunstancias. Toda la alegría ha quedado sepultada bajo los escombros de los edificios derruidos por los temblores, toda la grandeza manifestada del hombre ha sucumbido ante el prodigio de los seísmos. ¿Qué podemos hacer? Nada, prevenir si acaso. Los hombres de ciencia no han podido, ni sabido hasta la fecha, encontrar soluciones que adviertan de la inminencia de un movimiento telúrico, localizar su foco para comunicar de la destrucción que se avecina. Esto demuestra que el poder del hombre es relativo, más si lo comparamos con la naturaleza, que el avance técnico no puede controlar –esperemos que nadie lo logre jamás, porque vendrá a suponer la destrucción del mismo hombre- estas fuerzas que emanan del interior de la tierra. La mente y la sabiduría del hombre le fué concedida por gracia especial de Dios, para la construcción de sociedades donde poder disfrutar de la felicidad. Un ser tan complejo incapaz de ver sus limitaciones. Luego viene un terremoto y nos pone a todos en el lugar que nos corresponde.

Demos gracias a Dios por las pequeñeces que gozamos, por tantas cosas minúsculas que pasan desapercibidas en la mayoría de las ocasiones y a las que no prestamos la debida atención. Demos gracias a Dios por los amaneceres claros que nos sorprenden con la luz más hermosa, con la candidez de nuestros hijos cuando sonríen y guardémoslas en ese lugar del alma donde reposan los sueños. No finjamos ser dioses. Conformémonos con esta insultante pequeñez ante Dios y démosle gracias por otorgarnos el conocimiento para discernir lo malo de lo bueno, la oscuridad de la luz, el camino que nos lleva hasta el lugar donde resplandece la ESPERANZA.

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