Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Retumbaron los cimientos de la Basílica pronunciando su nombre. Crujió la alta nave del presbiterio donde el cielo tiene instaurado una parcela para que se haga presente cada día la Madre de Dios. Recorrió la sensación de vacío aquel espacio que tantas veces visitó, donde durante tantas horas departió con Ella, confidente maternal que tanto sabe de su historia y de su vida, de su amor y su devoción. Faltaba su mirada clara recorriendo las capillas, auscultando las personas por si había que atenderlas. Todas deben salir con la Esperanza en los ojos de este lugar elegido por Dios, con la sensación de haber permanecido unos instantes en el paraíso.
Asolada se presentó la mañana por la ausencia inesperada, por la noticia que embargaba la alegría de la proximidad de aquellos días en los que tanto disfrutaba. Un pañuelo contuvo lágrimas porque ya no volvería a ser acariciado por la delicada mano que tantas veces lo sostuvo, en guardia y vigilia amorosa, cuando la tierra temblaba de emoción, en las medianías de diciembre, porque la Virgen posaba sus pies en ella.
¿Quién vendría ahora a Escoltarla, asido a la manigueta, fundido al repujado argénteo que remata la gracia de su paso de palio? ¿Quién La asirá con su mirada de agua para protegerla de la marea de emociones que se le presenta? ¿Quién al alba rezará cuando las vírgenes cantan a la Virgen su plegaria emocionada? ¿Dónde habitarán sus recuerdos de cuando la corona dorada se plantó en aquellas benditas sienes para asegurar que la Reina del Cielo tiene casa basilical donde la ciudad transforma sus huertas por jardines, sus llantos por alegrías, los lamentos por jaculatorias, las amarguras en risas y la aflicción en nostalgia? ¿Donde permanecerán sus sueños?
En la gloria macarena. Todo su mundo transmutado a donde habita su Reina. Hubo, en el encuentro glorioso, una cohorte de ángeles descubriéndole la senda que llegaba hasta el trono donde Ella lo esperaba. Recogió su enjuto cuerpo, sintió el temblor de sus labios, postró la rodilla en el cálido suelo y esperando la dulzura de la mano, que en los fríos de diciembre siempre se ofertara a sus labios, notó el abrazo emocionado de una Madre y al cruzarse las miradas comprobó con alegría, que era La misma, La que tantas veces veneró, La escuchó sus suspiros, La que le habló en sus silencios, La que guió sus pasos, La que consoló sus penas, La que al alba miraba, en el pórtico del cielo, buscaba la manigueta para encontrar su mirada, La que lloró su dolor cuando el luto se mostró, La misma por La que portó el peso de la Hermandad en frías madrugadas, en procesiones triunfales, cuando todos se negaban. La misma por La descalzó sin importarle donde pisara.
Hace un año –el tiempo nos engaña con su paso denodado- que acudiste a la llamada. Un año sin tu presencia, un año con tu nostalgia, un año con tu recuerdo, un año sin tu mirada. Seguimos pensando en ti, en poder continuar con tus sueños, en seguir tus enseñanzas. El dolor se hizo nostalgia en la memoria. Y nos puede tu presente, tu legado macareno: soñar siempre con Ella para alcanzar esa gloria Macarena que es donde habita la Esperanza. Un año ya sin Antonio Saéz.