Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Cuando le conocí llevaba ya años dedicado a su profesión. O mejor dicho, a su hobby, que él orientó a una función vital. Se sustentaba de sus pinceles y bebía en las sevillanas fuentes de Murillo y Velázquez. Mi encuentro con él fue mera casualidad, coincidencias del destino que nos pone en el camino a personas o hechos para conciliarnos. Hubiera bastado decidir no pasar por aquel lugar, mirar un escaparate, tal vez encontrarnos con otro amigo que me distrajera con alguna vana palabrería o haber decidido no haber hecho novillos aquella mañana de inicios del verano, en las postrimerías del curso del setenta y siete.
Había situado su caballete junto al quiosco de prensa de Santa Catalina, un habitáculo minúsculo, casi destartalado, donde comprábamos novelas y después cambiábamos por otras tras el pago de un diezmo por el uso y disfrute de la obra, pero que lo confortaba y protegía del calor que comenzaba a mostrar sus hirientes y ardientes garras. Oficiaba de buen pintor. En una mano la paleta, un instrumento vencido ya por el trote de años y donde se retenían residuos de obras –tal vez la memoria no pincelada de muchas imágenes, de muchos rostros o edificios significativos de esta ciudad-, y en la otra un pincel que perfilaba los ángulos de la vieja iglesia que se presenta a su visión. Tal vez fuera mi curiosidad, o el reto de ganarle tiempo a la mañana tras mi ociosa deserción del centro educativo. Lo cierto es que me situé detrás de aquel hombre que le ganaba espacios, ángulos y colores al blanco lienzo, no sé si incomodándole o estorbando su inspiración con mi crítica mirada. Al cabo de un tiempo se volvió y muy cortésmente me pregunto si estaba interesado en adquirir aquella obra que iba tomando cuerpo ante mis atónitos ojos. Por un instante mi mente quedó en blanco, sonreí y contesté negativamente ladeando mi cabeza. Ni pronuncié palabra. Entonces él se volvió y continuó con su artística labor, sin decir nada más, sin reprocharme mi absurda e inútil presencia.
Aquellos inverosímiles trazos conformaron el paisaje urbano que se presentaba frente a nosotros, la puerta por donde sale –este presente de la conjugación verbal es un juego de mi subconsciente, años lleva el templo cerrado por la dejadez e incompetencia de su responsables y de las administraciones públicas- el Jueves Santo la Hermandad de los Caballos de Santa Catalina, el tejado de la nave central, con sus aguas fielmente reproducidas, el radiante azul del cielo enmarcando la parte superior, la esquina con la desvencijada puerta del Rinconcillo, el escaparate de la tiendecita de confección y zapatería y un paseante traspasando la angostura de la calle. Todo fielmente reflejado, todo en su lugar. Aquel hombre había plasmado la visión que en su frontispicio se levantaba con total fidelidad.
Comenzó a retirar los utensilios e instrumentos –pinceles, tubos de pinturas, disolventes-, colocarlos de manera dispersa en el maletín de madera que tenía a sus pies. Recogió el caballete y dispuso la nueva creación artística junto a otras, en una gran carpeta. Tal vez esperó a que me marchara, a que dejara de observarle –yo estaba ensimismado con lo que acababa de ver- y reparando en mi obstinación y perseverancia, se volvió y me dijo: muchacho, mañana a las diez estoy otra vez aquí. Y allí estuve yo. Puntual en la cita. Creo que cuando me vió llegar se horrorizó. Al día siguiente también. Y al otro y así durante aquel verano del setenta y siete, mañana tras mañana, fuimos conformando una amistad, que fue cimentándose con la sinceridad.
El final del verano –como la canción del Dúo Dinámico, qué antiguo Dios mío- nos fue separando aunque cada vez que coincidíamos procurábamos alargar el encuentro y el Tremendo fue testigo de compromisos que luego no cumplíamos. Mantengo su recuerdo. Hace años que no le veo pero hoy, tras contemplar una foto de la Iglesia Santa Catalina, el tiempo pasado ha espoleado mi nostalgia de aquel pintor autodidacta que una mañana de verano me dibujó, sin conocerme, paseando por delante del templo de donde sale la Hermandad de los Caballos.