Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Se proyecta en mi mente rebufando, acariciando la piel del tambor como sólo él conoce, como le transmitieron. Recogió la herencia del sonar de la madrugada, de abrir cielos con repiques y ventanas de emoción cuando apresa la palillería para encandilar y transportar al encanto el gaseoso vaivén, abriendo calles y cerrando esquinas, de la marea blanca que anuncia la gloria por venir. Batutas que encaminan y encauzan pies cansados, cuerpos y piernas de quienes gozan la alegría del sentimiento de la Macarena, ungidos al duro trance de la firme trabajadera. Una sabiduría que mana de la grey popular de la que proviene, la pedagogía de lo esencial vinculado a grandeza que escolta y le sigue. Es tan veraz su sencillez, tan auténtica su condición natural que siente como habla y habla como siente, aunque sus mejores argumentos, sonoros salmos de la proclamación de la gran Verdad que ya se percibe en el espejo nacarado de la luna de Nissán, los expresa la tarde del Jueves Santo cuando la marcialidad de la Roma macarena dirige sus pasos a la calle donde santa Ángela implantó azucenas que se esparcen por la ciudad poco después, demostrándonos que la caridad esta recogida en la labor y en sus manos, en el abnegado y sacrificado servicio a los más necesitados; o acompasando la gallardía de esos penachos y rodelas cuando se enfrentan al Gran Poder de Dios, en la plaza que recoge y pregona este gran misterio del evangelio hispalense; o cuando el gentío detona su alegría en las riberas del mar de la Resolana porque ya advierte el resplandor de las corazas y el anuncio armonizado, con el redoble de su tambor, caja de resonancia de su macarenismo inconmensurable, de la grácil tropa que llega a cumplir con el venturoso rito de cortejar a la Niña que se asoma ya al balcón de su palio, a escoltar al Hombre, que siendo Dios, se deja prender y sentenciar para salvar al mundo.
Está condecorado por la insigne, muy real y excelsa orden de los Hijos de la Gracia, preciado galardón del que solo unos pocos privilegiados pueden hacer gala y presunción. Vive todo el año para estos instantes. Pasa horas, días, meses enseñando y corrigiendo lo que los ojos no ven, lo que los oídos no sienten. Cursó estudios de percusión en la noble institución del Recodo de Santa Clara, donde la calle Calatrava tornaba su nombre en campos de gestas y pendencias, recibiendo sobresaliente cum laudem de manos del maestro Patón, mientras se doctoraba en sociología y comprensión de lo popular, en las doctas casas de las bodegas Peinado. Enroló a un grupo de jóvenes aspirantes en la sección musical de la III Legión de Tiberio -que debía ser uno que repartía pan pregonándolo por las calles de intramuros, entre la Torreblanca y el Arco que da acceso al mismo cielo- a los que aleccionó en la obediencia y extrajo todo el sentimiento de la musicalidad popular que se escondía en el interior de las cornetas, en el recóndito y desolado paraje de la caja y la piel, para conformar la sección que endulza el rachear costalero, que mitiga su amoroso bregar, empleándose con fervor y amor en el fragor de la procesión que nos llena de vida y Esperanza.
Años de dedicación, de menesteroso trabajo en pos de la Hermandad de la Macarena, lustros sirviéndola, atrayendo Hermanos y cobrando las cuotas. Ahora descansa de estas labores por y para beneficio de la Corporación que tanto quiere, a la que tanto debe, porque la Hermandad le ha encargado otras que recompensa debidamente. Reposará en esta Itálica que se enfrenta a la Basílica. Ahora podrá, este Hidalgo de abrumadora sencillez, fiel hijo de la Esperanza, dedicar todas las fuerzas en la noble y preclara responsabilidad de instruir y formar nuevos macarenos que glorifiquen, con cornetas y tambores, el camino al Señor de la Sentencia. ¡Gloria a ti, trovador del tambor! ¡Loa, Hidalgo, armao sin parangón!¡Salve, a quien procura el dulzor del Bendito Sentenciado con el redoblar único de su tambor!
*A Pepe Hidalgo, Cabo Tambor de la Centuria Macarena
Para los que quieran ver, para los que quieran oír.