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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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DONDE EL TIEMPO SE RECUPERA

DONDE-EL-TIEMPO-SE-RECUPERAjpg.jpg                Sus muros no tienen siglos, pero retienen la memoria de los cielos que ven y disfrutan quienes lo pisan con sus zapatillas de suelas desgastadas, de zapatos de ida y vuelta al cercano mercado, de quienes lo bendice diariamente con sus oraciones improvisadas, de los que se fueron y los que están, de los que lo vieron crecer, morir y renacer de sus cenizas. Sus muros no tienen capas donde hurgar para buscar el recuerdo de una protestación de fe decimonónica, ni cobijaron las proclamaciones dogmáticas en favor de la Virgen María, de las que esta ciudad se enorgullece, pero retiene el glorioso testimonio de la declaración de amor mariano popular más bella de la historia reciente de Sevilla. Sus muros no contienen palabras antiguas, ni leyendas inscritas en sus paredes en el latín que utilizara algún presbítero de alba con cercos y casulla raída, de bordados descosidos, de remates descoloridos por el roce diario con el mármol desvaído del suelo, pero sí contiene palabras que enfilan en silencio el camino que hay entre el subterfugio de su silenciosa pronunciación y los ojos dormidos del Crucificado donde van a reposar esas peticiones por el hijo vencido por alguno de los males consumistas de esta época, por la desazón e impotencia de perpetuarse esta inactividad laboral que ya empieza a descubrir carencias en al abastecimiento diario, en la provisión necesaria para alimentar y vestir a los suyos, en la solícita súplica porque la enfermada comienza a descubrir resquicios de su victoria, por la alegría de un nuevo nieto que será inscrito en la hermandad nada más traspase el limbo que delimitará la caída del agua bendita y que vendrá a otorgarle la nueva luz de la salvación. Sus muros no ocultan la labor de viejos artesanos que introducían secretos en macilentos pergaminos sobre la autoría de las altas crujías, ni vidrieras que se dejan herir y traspasar por la intensidad luminotécnica del sol del mediodía, pero guarda el espíritu brioso de hombres que soportan el peso y rigor de los siglos, la herencia del tiempo vencido, con la dignidad traspasada por la vitola que le envuelve en el amor profundo al Cristo que muere para resucitar, para recobrar la dignidad del género humano, aunque éste se retenga y cobije en humildes aposentos, en casitas donde el apaciguamiento llega con la caída de la tarde y un suspiro que traspasa el salón donde las ausencias lastran la melancolía.

            Todo lo moderno vino ayer a desvanecerse tras una mágica cortina, de una colgadura traslúcida e invisible que nos transporta al recogimiento, igual que hace siglos, ahora permanece instaurado en la nueva iglesia, casi réplica de la anterior. El transcurso del tiempo se removió en el universo para consolidarse en aquel templo, para fortalecerse en el espíritu de la nueva ciudad, de la emergente, aunque pudiera parecer que ya por allí pasaron toda la tradición, todo el esplendor neoclásico, todo el compendio de saberes populares que los siglos cimentaron en la urbe.

            Como en los evangelios, ya todo se ha consumado, ya todos esperan el gran día, donde todo será diferente, donde la esplendida liturgia eclesial y solemne del culto al Cristo que nunca Abandona y siempre permanece, se verá sustituido por la religiosidad popular de sus hijos, que alfombrarán calles con sus plegarias en la mañana del martes santo; que aletearán sus corazones para reemplazar, los siete Dolores que atraviesan el pecho de una Madre, por una alegría incontenida mostrada en vítores, en jaculatorias profanas que se divinizarán, y se transformaran en nuevo salmos, al traspasar los labios y mezclarse con las lágrimas de la misma mujer que ayer oraba devotamente, y abría los secretos de su corazón, al Cristo del Desamparo y Abandono, del mismo hombre que retuvo a Cristo en la comunión general, sabiendo que su vida está salvaguardada porque sus manos contuvieron un piropo a la Virgen de los Dolores. Ayer tuve constancia, en el Cerro del Águila, de que el tiempo buscó refugio en sus calles, en el su nuevo templo, para continuar siglos de tradición y amor.

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