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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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EN EL GRAN SOL

GRAN SOL            Empezaron a escribir en colores, a deshacer esas tonalidades grises que la época iba trazando tras dos décadas d monotonía. Tomaron la pizarra del realismo y fueron implantándolo en sus vestigios literarios. Transformaron la concepción de la vida, divulgaron los modos y costumbres de aquellos años del primer franquismo, el más duro y radical. Recogieron los residuos de la memoria para que no se perdiesen en la espiral de la distancia temporal, para que no fueran utilizados de una manera inadecuada.

            Se reunían en el café Gijón, donde las mesas guardaban la reminiscencia de las restricciones, donde aún se reflejaban las pardas cartillas de racionamiento, donde una humareda –hoy lo hubieran cerrado- traía presencias etéreas de la Cuba aún sin Fidel, del paraíso del habano, de tabaco de salpicadura que saltaba de mesa en mesa y de café torrefacto, que calentaba el estómago y alentaba descomposiciones súbitas e inesperadas.

            Allí conoció a Ignacio, su gran amor y a Luis Martín Santos, a Sánchez Ferlosio y a Carmen Martín Gaite. Allí se esbozaron, tal vez se llegaron a concretar, algunas de las más bellas y extraordinarias obras de la generación literaria del cincuenta, primera formación creativa tras la contienda nacional, la primera en intentar abrir las puertas a la libertad, en deshacerse de la represión cultural. Allí se establecieron las normas y las formas de la novela neorrealista, donde se describe con detalle cuanto acontece en el escenario que se ha convertido España, donde sus protagonistas son los desfavorecidos y desamparados por la sociedad. Y ellos fueron sus máximos exponentes.

            Aún recuerdo aquella revelación, cuasi ilícita, entrega casi a escondidas de un libro, en la escalera del instituto, como si fuéramos a caer al infierno de Dante tan sólo con abrirlo, de D. Vicente Gutiérrez cuando nos abrió su corazón y su mente cuando nos entregó aquella obra para que la diseccionáramos, para que los comentáramos “El fulgor y la sangre”, el drama que nos conmovió, con aquellas esposas de guardias civiles, recluidas en una lúgubre habitación del cuartel, esperando recibir la noticia sobre de la muerte de uno de ellos, la tragedia del desconocimiento, la angustia descrita en los rostros y hasta en el movimiento de las manos, de aquellas mujeres observando el discurrir del segundero del reloj y el tiempo parado, como si se hubiera ausentado.

            Ha muerto Josefina Rodríguez, la joven que se enamoró del joven escritor de cuentos, que lo amó hasta la extenuación, tanto que cambió su apellido. Se ha muerto Josefina Aldecoa que removió el cielo y la tierra para instaurar un centro de enseñanza donde los valores primaran sobre los conocimientos, o mejor que los valores y el conocimiento se aunaran y conformaran en un solo y único espíritu para formar a personas mejores: el colegio Estilo.

            No ha muerto la hija del maestro que participó en la creación la Institución Libre de Enseñanza, ni la mujer del escritor, se ha ido una mujer emprendedora, que ejerció un especial rol de esposa hasta el fatídico día en el que la muerte sorprendió el corazón de Ignacio. Se ha ido una escritora importante, una pedagoga excepcional que puso señales en el camino para quien quisiera seguirla. Ha partido al reencuentro, a establecerse en su hogar junta al amor de su vida, allá por el gran sol.

 

 

 

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