Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Elegantemente vestido, rutilante en su apariencia, peinados y gafas correspondiendo a un estilo juvenil, de última moda. Así aparecía en las inmediaciones del edificio de los Juzgados del Prado de San Sebastián, ignorando los micrófonos y las cámaras, al modo de las rutilantes estrellas cinematográficas o de estos jóvenes y nuevos multimillonarios que son los futbolistas, que empezaron a correr tras él cuando detectaron la espigada hechura de Samuel Benítez, que mostró una actitud altiva, cuando no menospreciante, a los trabajadores de la prensa.
Algunos minutos antes, emboscado en prendas que lo hacían irreconocible y amparándose en las sombras de la noche, llega “el Cuco” primero de los inculpados por la muerte de Marta del Castillo, para declarar en la primera jornada de este juicio que contra él se celebrará. Lo hace recubierto de la impunidad que le facilita la Ley del Menor, que preserva su identidad con el fin de no perjudicarle en un futuro muy próximo. Claro que hay a quien el futuro se le desmembró por un canal o se descompuso en un vertedero.
Poco después hacían acto de presencia los padres del menor, del inculpado, de este Cuco que no canta las horas pero que ha puesto aires de silencio y angustia en el reloj de otros padres, con pasamontañas que ocultaban sus rostros, quizás avergonzados por el proceder de su hijo, tal ocultando sus desvergüenzas por respaldar a quien ha favorecido, de una u otra manera, este relato de la historia más negra de la ciudad.
En sus declaraciones, según ha trascendido tras la primera sesión del juicio, se ha retractado de sus primeras revelaciones –asumió su culpabilidad ante la policía, una vez ante el Fiscal de Menores y otra más ante el juez de Instrucción nº 4- pues según su versión las realizó bajo la amenaza y coacción policial. Es, según estipula la jurisprudencia del derecho penal, un derecho que le ampara: la declaración de su inocencia, tras dos años desde que ocurrieran los hechos. Además ha potenciado su victimismo ante una sociedad que no le cree, indicando su pesar por desconocer donde está el cadáver de la joven.
Lo dramático de este esperpento, y de esta agonía que está viviendo la familia de Marta desde aquel fatídico día de enero de dos mil nueve, es la bajeza con la que se desdicen las versiones, las contradicciones en las que recurre, para no descubrir donde se halla el cuerpo, tal vez con la pretensión de reducir las penas.
El desfile de estos personajes por las dependencias judiciales, para atestiguar y para encubrirse los unos a los otros, se convertirá en un evento mediático, de carreras para conseguir una declaración, de páginas de periódicos resaltando la impunidad que este país proporciona a los presuntos delincuentes–aquí nunca hay culpables-, cubriendo de gloria efímera a estos malhechores, cuando no un programa, de esos que abundan en las televisiones, pague un fortuna a cualquiera de estos individuos para que lance más mierda sobre el asunto, con la que ampliar sus índices de audiencias, que es lo que realmente les importa.
Mientras, en el salón de una vivienda desolada por la ausencia, una madre no podrá mostrar ni su desconsuelo siquiera, porque no tiene fuerzas para asistir al encare con quienes le quitaron parte de su vida, sin poder recusar las mentiras y los contubernios que han montado estos asesinos.
Mientras tanto, el Cuco cantando sus falacias y este Samuel Benítez paseando, como un modelo de alta costura, su palmito por la Pasarela.