Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La primera vez que leí el Jinete Polaco, la obra con la que Antonio Muñoz Molina obtuvo el premio Planeta en 1991 y el nacional de narrativa en 1992, tuve la sensación de encontrarme ante una de esas obras que en seguida pasan a los anaqueles de las preferencias literarias. Ya en 1986 tuve mi primer contacto con el escritor granadino con su primera obra narrativa Beatus Ille –hay otra anterior, un recopilatorio de artículos que fue publicando en el periódico local El Ideal, entre septiembre de 1983 y junio de 1984- en la que descubrí un narrador cautivador, que construía un mundo de ficción sobre parajes naturales y reales, una combinación sorprendente y excepcional, con una fuerza literaria capaz de absorber el tiempo, de convertirnos en ávidos lectores. Desde el día en que cayó en mis manos un ejemplar de esta novela iniciática me convertí en un apasionado seguidor de Muñoz Molina, devoción que continúa viva en la actualidad. Sucumbí a sus expresiones narrativas, a la riqueza del lenguaje, pero sobre todo quedé prendido por la arquitectura precisa con la que construye un mundo – sólo asimilable al escritor norteamericano William Faulkner, que arguye y crea para sus lectores Yoknapatawpha County, un mundo ideado en la claridad de su mente, pero que se reconoce en el sur profundo americano-por cómo describe los parajes, la desenvoltura con la que se desenvuelven sus personajes robados a la cotidianidad para hacerlos héroes locales, por las calles de Mágina tan claras que puede adivinarse el centelleo de una gota de agua en una fuente o cubierta por la nebulosa del misterio en las noches frías del invierno procedente del aire gélido de la sierra que la rodea, por las historias que surgen de la propia memoria de la ciudad y van de boca en boca hasta construir leyendas de poetas muertos y de amores imposibles.
Beatus Ille abrió el sendero a un pausado, pero continuo caminar, por la trayectoria de este magnífico escritor hasta que publicó, tras ganar el premio Planeta, “El jinete polaco”, una obra que engrana, con matemática precisión, las historias y los parajes de Mágina con sus obras anteriores, ampliando la aparición de personajes que vienen a enriquecer la trama argumental, involucrándolos en las tramas personales e intimistas del protagonista, un traductor simultáneo, que va evocando en este relato, a lo largo de cuatro generaciones, como en un rompecabezas en el que todas las piezas acaban por encajar, la vida en el pueblo andaluz donde nació. Su bisabuelo Pedro, que era expósito y estuvo en Cuba, el abuelo, guardia de asalto que en 1939 acabó en un campo de concentración y sus padres, campesinos que llevaban una vida resignada y oscura, él mismo en su niñez y adolescencia, testigo de la gran transformación que sufre el lugar con el paso de los años. Van apareciendo también otros muchos habitantes de Mágina, como el jefe de policía, poeta vergonzante, el fotógrafo, un periodista, el comandante Galaz que en 1936 reprimió la sublevación militar, y el anciano médico, extrañamente relacionado con el descubrimiento de la momia de una mujer joven emparedada. En el curso de un largo período, entre el asesinato de Prim en 1870 y la guerra del Golfo, estos personajes forman un apasionante mosaico de vidas a través de las cuales se recrea un pasado que ilumina y explica la personalidad del narrador.
Hoy vuelve a releer este magnífico libro que ya forma parte de la historia de la literatura contemporánea española y que reabrió en muchos lectores la necesidad de reencontrarse con el mundo de las letras, de la lectura amena pero con matices reflexivos sobre un periodo de la historia de España, a los que muchos les costaba hablar. Muñoz Molina lo hizo desde la extraña naturalidad de la que adolece la sociedad española.