Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Florián tenía casi un siglo cando murió. Para ser exactos, acababa de cumplir noventa y siete años. Conoció la dos guerras mundiales, la muerte de Joselito y la de Granero, los miedos del Gallo -¡cómo se tiraba la callejón, con qué agilidad y sabiduría!-, el arte de Pepe Luis y la esencia torera de Curro Romero, y en las postrimerías de su vida, cómo un toro le quitaba de cuajo y de improviso, las
nuevas ilusiones a Paquirri. Era un gran aficionado, abonado al tres de la Maestranza hasta que las fuerzas le acompañaron. Luego fue un sin vivir, una angustia certera afianzada en el pecho cuando abril mediaba y en la cal de la fachada de la Primera de San Bernardo se aparecía como por encanto, una mañana preñada del sol tibio de la primavera, el cartel con las corridas, con las novilladas de la temporada.
Vivió la infamia de una guerra civil, esa época en la que muerte salía cada noche -con su guadaña perfilada, perfectamente afilada en la piedra de la mentira y la injuria, de la envidia y el rencor- a cobrarse sus cuotas, a cubrir con el manto del miedo las calles, a mortificar los sueños, a deshacer los silencios con el escalofrío hiriente de las detonaciones atravesando la oscuridad y desconociendo cuántos fogonazos perturbarían la paz de un hogar, cuántas descargas bastarían para abatir a un inocente.
Pero también vivió la ignominia de un tiempo anterior donde las noches se iluminaban con las cúpulas de las iglesias que se prendían con el preclaro fin de liberar al pueblo de la tiranía de la religión.
Siempre supo quienes fueron los que cometieron aquel enorme atropello, quiénes propiciaron y enervaron a las masas con sofismas y falacias, quiénes perturbaron la paz y enfrentaron a los vecinos. Siempre recordará el aullido de aquel chico que corría despavorido por la calle Ancha de San Bernardo, ataviado con una camisilla, con un pantalón corto con remiendos que pregonaban su humildad –las rodillas enmohecidas, las manos ennegrecidas por alguna labor encubierta y acaso ilegal-, voceando el desmán, advirtiendo tal vez, del sacrílego acontecimiento.
Florián se asomó al pórtico del casino popular y pronto se vió flanqueado por otros que le siguieron en la curiosidad. Por la calle Cofia venían espantadas las mujeres mayores, con rostro demudado, con la serenidad perdida y la angustia asaltando estrepitosamente sus ojos. Como las viejas plañideras romanas, llegaban deshaciendo los silencios, traspasando la serenidad para inculcar un dolor que ya no era de ellas, que no querían hacerlo suyo porque la impotencia les superaba, porque la razón les había desbordado. Corrieron hasta donde las columnas de humo señalaban el lugar de consunción, donde se había instalado la pira inquisitorial e inhumana.
Ya sólo quedaban despojos, restos carbonizados, pero todavía podía advertirse los pies tantas veces besados, que tantas caricias retenía, que tantas peticiones cobijaba. Alguien se atrevió a espetar un reproche y una ráfaga de miradas acallaron de inmediato el gesto de valentía. Muy cerca un sacerdote yacía inane. A Florián se le aceleró el pulso, se le vino el alma a la garganta. Junto al incendiario túmulo, donde se consumían los sentimientos de aquel barrio, el lazo de unión de sus vecinos y algunas obras de arte, su hermano actuaba como el principal instigador, todavía ordenando y jactándose de su obra, cruzó una mirada con la suya. Nunca supo si llegó a advertir las lágrimas que brotaron de sus ojos. Nunca supo qué pudo alterar sus sentidos, ni qué pudo provocar la demonización de un hombre al que creía bueno, sensato y trabajador. Sólo que una bala le atravesó la cabeza en frente de Teruel. Florián guardó su secreto hasta pocos días antes de su muerte, cuando la lucidez le abandonó en su postrer lecho y ya sólo recordaba tardes de toros. Sus últimas palabras, qué mala suerte tuvo Joselito al conocer a aquella mujer.