Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Tiene el don de la palabra mi amigo Justo Fernández. Es un gran conversador este hombre ya octogenario, con una lucidez mental inaudita y una prodigiosa memoria donde retiene gran parte de la historia reciente de nuestro pueblo, capaz de retrotraerse a cualquier década del siglo pasado y exponer sus acontecimientos de manera tan sencilla y lógica comprensible a la mente más obtusa, amén de una capacidad verbal que para sí quisieran nuestros indoctos e iletrados políticos cuando berrean sus irreverencias, desde sus acomodados escaños, a la clase media española, en un claro ejemplo de menosprecio a los principios racionales que nos rigen. Es capaz de centrar la atención de quienes le rodean con su pausado y ameno discurso. Su locuacidad se fundamenta principalmente en los conocimientos adquiridos en el bregar de los años, en las experiencias exprimidas al campo y en la verdad, que respalda su edad. Siempre procuró no defraudar a nadie. No pudo ir a la escuela. Sacó su licenciatura existencial en la universidad de la vida, donde aprendió que la bondad y la sencillez son premisas principales, el mástil orgulloso donde fija una la bandera de ser y entender. Intentó, tras su jubilación, ingresar en uno de esos programas universitarios para mayores pero la escasa formación humanística le hizo rehusar a la plaza conseguida.
Justo ha tenido que atravesar un camino de años lleno de espinas y penalidades pero eso no ha lastrado su felicidad y casi siempre tiene esculpida una sonrisa en sus labios, siempre una palabra de esperanza para quien la necesita. Al contrario de lo que pudiera parecer no se ha visto necesitado de ayuda, ni complementar su soledad con otras personas aunque, reconoce ahora con cierta pesadumbre, haber compartido sus experiencias con una mujer. No le puso Dios ninguna en su camino Lleva siempre una radio en el bolsillo activada constantemente y donde sólo escucha programas informativos y los espacios de tertulia. Lleva unos años siguiendo a Carlos Herrera, aunque en tiempos su opción radiofónica fue Luis del Olmo. Dice que sigue formándose y no espera de la vida más que vida.
Es creyente, pero poco practicante con los ritos litúrgicos de la Iglesia, no pertenece a ninguna Hermandad aunque ejerce los mandatos y el ejemplo de Cristo con los demás. A veces le surgen dudas sobre la permisividad, por parte del Creador, de tanto dolor extendido por el mundo, de tanto odio retenido en la condición humana, de tanta catástrofe y de la injusticia imperante en esta sociedad que mitifica lo vano e insulso e ignora lo grande del espíritu. Comparte, a veces, todas estas incertidumbres con el párroco de su feligresía –del que se ha hecho amigo- en avivadas tertulias que a veces terminan encrespando los ánimos del sacerdote, desesperado por la rotunda sencillez de las exposiciones teologales de este hombre que difícilmente puede revocar. Pero siempre hay un buen vaso de vino y un trozo de queso que aúna los sentimientos y las buenas voluntades, que dos no pelean si uno no quiere.
Me congratula verlo pasear sin prisas, sin arrastrar los años, sin pesarle las miradas de los demás, sin alardear la dignidad que le ha sido concedida de manera gratuita y que dosifica en cada momento, según requiere la situación. Creo que es feliz porque no aspiró más que a ello. No tiene pretensiones ni presunciones vanas. No busca reconocimiento alguno y le basta para vivir saberse querido por los demás. Ese es el premio. Esa es su alegría. Mi amigo Justo Fernández sigue ejerciendo de persona con las personas en su colaboración con una ONG de gente sin techo, un noble y difícil ejercicio de amor en los tiempos que corren. Casi nada.