Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Camina siempre perdida en sus ensoñaciones, con la mirada perdida en un mundo que sólo a ella le es permitido observar. De vez en cuando sonríe, levemente pero sonríe. Algunos cuentan que en sus momentos de lucidez habla de una niña. Quienes la escuchan en el relato de sus quimeras, vencida siempre por los efluvios del vino barato que la han desposeído de su dignidad, sostienen que el dolor se refleja en cada palabra, en cada gesto. Los borrachos y los niños, entona un dicho popular, siempre dicen la verdad. Otros se ríen de sus ocurrencias o de sus desdichas. La mayoría la ignora o la esquivan. Los pocos que la conocen, que saben algo de su vida y su desventura, aseguran que es una buena mujer a la que la vida ha destrozado.
Ronda ya el medio siglo aunque su apariencia es la de una mujer mayor. En su rostro se advierte un antiguo reflejo de dignidad, de un esplendor anterior, de una vida recatada y sencilla antes de aquella decadencia, de la capitulación a los desastres del amor y la desventura de conocer a un desaprensivo que vino a robarle el corazón y su vida, a desquiciarle al razón con proyectos inalcanzable, inaccesibles y que sólo son posible en la mente abierta, ingenua e inexplorada de una joven que sueña con amaneceres claros y futuros de esperanzas.
De aquel tiempo pasado sólo le queda el apellido y la borrosa imagen de su madre suplicándole la rectificación a la decisión que nunca debió tomar. Si pudiera cambiar el tiempo, si pudiera desandar el camino, si pudiera, si pudiera, si pudiera. Pero no puede. Eso ocurre solo en las películas o en los cuentos de Dickens.
Pasa las horas muertas franqueada por tetrabrik de vino que la proclaman dueña de un reino donde todo abandono tiene cobijo, sentada en los bordillos de las aceras, siempre a la espera de la gracia del transeúnte, de la caridad que se plasma solícita y pedigüeña en las líneas de sus manos para obtener unos céntimos que cambiará por otros envases de licor que la desproveerán de la razón, que la harán huir a los campos de sus sueños, a recuperar la ira con la que combatirá las realidades que la han mortificado, que laceraron su alma, que la mantienen muerta en vida. Evadirse es la primera idea que surca su mente en los escasos momentos de lucidez que le permiten sus borracheras.
Deambula sin rumbo por estas calles al encuentro de algo que sólo ella conoce. Busca una alegría perdida, una sonrisa arrebatada, un juego decomisado, una carrera inexistente, un beso por la mañana, una caricia minúscula, una manita suave, una palabra primera, un arrullo en la noche, una lágrima ingenua con alardes de falsete, un caramelo de reyes, el envoltorio destrozado de un regalo en los pies de una cama una ilusión desprendida, la inocencia primigenia de una mirada infantil, un abrazo compartido, el candor comprensivo de un gesto ante el error, el exhorto de las penas, la renuncia del dolor, la destrucción del recuerdo.
Si pudiera cambiar su sino, ay si pudiera eliminar su conciencia, borrar en un solo instante todo lo que en ella se alberga, desprenderse del pasado y recuperar la belleza y el amor de aquel niño que dejó quitar de su seno por vivir ella la juventud que decía le robaba. Si pudiera cambiar, si pudiera… La tristeza de aquel día que la acosa y la derriba, que la mata aún en vida, que le roba la razón y la locura la maneja.
Va siempre con la misma cantinela, si yo pudiera cambiar mi sino, suspirando su desdicha mientras el vino acentúa su desgracia, ay si yo pudiera…