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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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UN SUSTANCIOSO ESPERPENTO.

ESPERPENTOLo que es la vida. Lo rocambolesco que puede resultar un hecho casual y derivar al propio esperpento, a una historia que bien podría haber recogido D. Ramón María del Valle Inclán e incluirla en sus Luces de Bohemia haciendo partícipe de esta jácara a su protagonista, Max Estrella. Claro que no es demérito del insigne escritor, qué más hubiera querido él que narrarla en su tiempo, pues los hechos ocurrieron varios años después de su fallecimiento.

El protagonista, o el primero de ellos, de este singular enredo, que vivió en el barrio del Cerro del Águila hasta hace muy pocos años, se llamaba Ramonín. Bueno le llamaban así sus familiares y amigos y con este cariñoso diminutivo de su nombre le conocí yo.

Ocurrió a mediados de la década de los cincuenta. Ramonín era un magnífico oficial metalúrgico y desarrollaba sus oficios y saberes en la Fábrica de Artillería, la más antigua del mundo y cuyo edificio aún se mantiene en pié, iba a decir se conserva pero eso es otro tema que requiere de mayores preocupaciones y obligaciones municipales y estatales. La jornada laboral comenzaba muy temprano y nuestro figurante solía madrugar para no verse atosigado por el tiempo que tardaba en recorrer la distancia entre su casa y la ya referida factoría, procurando no llegar tarde a su puesto de trabajo. Pero aquella mañana las sábanas le jugaron una mala –o buena, como se quiera entender- pasada. El frío arreciaba y la escarcha se adueñó de los cristales del ventanuco, siempre mal encajado y por el que se colaba una levísima pero molesta brisilla casi ártica, así que cuando sonó el despertador quiso robarle unos minutos al sueño. Cuando volvió a observar el viejo reloj sus agujas se aproximaban a la hora de la entrada en el taller. Con las prisas, mal se puso el mono, cogió la tartera con el almuerzo y con la presteza de un gamo enfiló el camino.

En aquellos años la iluminación pública brillaba por su ausencia y sólo unas lámparas colgaban en el centro de las calles suspendidas en la tirantez de un cable que las atravesaba aéreamente. Poca luminosidad ofrecían, cuando no acrecentaba las  sombras.

Lo vió venir por el centro del paseo y muy pronto se pondría casi a su altura. La noche aún no había sido vencida por el alba y la apariencia de aquel hombre, encogido seguramente por el frío, con las manos embutidas en la dureza de los bolsillos de la pelliza, no auguraba nada bueno, máxime cuando alzó la vista y buscó sus ojos. Ramonín, que no era hombre de lances ni pendencias, deceleró su paso por pura precaución, hasta casi quedar parado y a la expectativa. Su sorpresa fue en aumento cuando comprobó que el viandante hacia lo mismo. No tenía más remedio que avanzar y evitar en lo posible el encuentro. En la distancia oyó la sirena reclamándole a su lugar de trabajo, como si de un nuevo Ulises, destartalado y miedoso, se tratara. El recelo aumentaba en su interior por segundos. El hombre lo volvió a mirar y algo removió sus entrañas disponiéndose para un litigio ineludible. Un inoportuno tropezón hizo que el temido paseante cayese de bruces sobre Ramonín que intentó quitárselo de encima casi de inmediato lanzando además un improperio. Ambos continuaron su camino; ambos aceleraron el paso. Pero entonces se percató, durante una auscultación de urgencia para cerciorarse de que todo continuaba en su lugar, que le faltaba la cartera. Se olvidó de su cobardía, de su apariencia pacífica y diminuta y, como alma que lleva el diablo, dio alcance al pobre desdichado, que no pudo eludirlo a pesar de su carrera, y al que ofreció una manta de golpes y cestazos hasta recuperar su cartera. El hombre huyó despavorido cuando logró deshacerse y zafarse de aquella fiera menuda que intentaba aniquilarle.

Durante toda la jornada no hizo más que repetir aquel lance. Fue la comidilla del día en la fábrica, el chisme durante el almuerzo, al fin héroe para sus compañeros. Pero su satisfacción alcanzaba un grado de sublimidad extremo cuando pensaba en la cara que pondría su esposa cuando pudiera referirle aquel episodio de valentía.

Nada más cruzar el umbral de la casa, la mujer se dirigió hacia su cónyuge y sin dejarle hablar le espetó, encajando sus manos en jarra en la cintura, su somnolencia de aquella mañana. Hijo, Ramonín, a ver si te levantas con más diligencia y tiempo que esta mañana te has dejado hasta la cartera encima de la mesilla de noche.

 

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