Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Hay motivos suficientes para enjuiciar y tomar las medidas necesarias, por quienes y a quienes les correspondan, sobre las actitudes y manifestaciones que se vierten, en distintos medios de comunicación, por parte de quienes, como decíamos ayer -emulando a Fray Luis de León tras el retorno a su cátedra de la Universidad de Salamanca, después de varios años penando en las cárceles de la Inquisición por las injurias y calumnias lanzadas contra él- pretenden acceder al gobierno de las hermandades.
Viene siendo costumbre habitual, en estos tiempos de desórdenes y pérdida de valores, mostrarse ante la opinión pública con una ficticia piel de cordero, con la que salvaguardan muy bien su posición ante los hermanos principalmente, cosa por otro lado totalmente obvia, porque de ser de manera distinta sería de natural tonto mostrarse como carente de aptitudes para regir los designios de instituciones, que en la mayoría de los casos superan los cien años de antigüedad. Se posicionan con sus observaciones en la orilla de la candidez, condición que disimulan muy bien cuando tienen oportunidad de mostrarse tal como son. Estas apariencias inocuas de cara a la consecución del voto que los aúpe en sus pretensiones mandatarias suelen desaparecer cuando toman las riendas del poder, descubriéndose en el mejor de los casos, como insulsos e incapaces. Suelen banalizar el trabajo de los demás cuando ellos, que en la mayoría de los casos pertenecieron a juntas anteriores donde sólo se significaron por su desmedido empeño en figurar y procurar desviar el trabajo de campo a compañeros, no supieron ni se sintieron capaces de desarrollar ni la mitad de los proyectos que tanto critican, poniendo incluso en tela de juicio la limpieza de procesos electorales en los que fueron derrotados por un amplísimo margen de votos, comicios que fueron supervisados, revisados y verificados por la Autoridad Eclesiástica, poniendo en duda no sólo ya la legitimidad que confirieron los hermanos a sus oponentes, sino que vienen a acusar de manipulación, o sea de prevaricar porque fueron quienes vigilaron el fiel cumplimiento de las Reglas, a canónigos y sacerdotes que después tanto procuran alabar e incluso ponerse a su servicio.
Bien podrían asumir su condición de hermanos de base, tan importantes y tan necesarios, esos que siempre demuestran amor y cariño a sus Sagrados Titulares sin alharacas, que procesionan en un tramo perdido de la cofradía dando luz al Cristo que sus madres rezaban, a la Virgen ante la que sus padres se deshacían, sin intentar engañarlos ni equivocarlos con cantos de sirenas, a los que hay que servir –no servirse- con absoluta honradez y no presentarse como salvadores de esas patrias sentimentales que son las Hermandades denostando al oponente pero sin mostrar sus virtudes –de las que tal vez carecen y por ello actúan con esta vileza-, intentando hurgar en heridas viejas en vez de ayudar a curarlas y cicatrizarlas, porque de conseguir con estos inadecuados métodos su anhelada ascensión al poder estarían devaluando, menospreciando y desdeñando a su propia Hermandad.
Los litigios familiares hay que solventarlos en la casa propia, no airearlos. No sólo está en juego el orgullo personal de quienes se presentan a la elección. Es la propia Corporación -y la Iglesia Católica, a la que pertenecemos- la que pone en entredicho su prestigio, que no olvidemos, viene de recorrer un camino de siglos en los fueron forjándose toda la grandeza de la que ahora presumen, gracias al trabajo, dedicación y sacrificio de las generaciones que nos precedieron.