Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Queridos y admirados Reyes Magos.
Un año más y el tiempo me ha vuelto a mostrar la indeleble huella que en mi vida dejasteis. Hace ya algunos lustros que intentaron banalizar mis sentimientos con la absurda creencia de que erais sólo un invento de la tradición, una imagen figurativa que nos imponían y utilizaban no sé que grandes almacenes, con el fin de incrementar sus ingresos, de revalorizar su imagen, un espejismo o una imagen difuminada en la noche de los tiempos. ¡Qué ilusos! Quisieron frivolizar vuestra existencia desposeyéndome de la ilusión, de mis recuerdos, deslegitimizando mis visiones y mi fantasía. Y ya veis, al día de hoy todavía no han podido destronaros de mi existencia, han sido incapaces de sacaros de mi ser. Espero con ansiedad esa noche mágica en donde confluyen todos mis sentimientos, en donde se plasman y adquieren cuerpo mis deseos. Todavía guardo el mito de vuestra comparecencia prodigiosa y extraordinaria en el interior de mi ser, y os imagino introduciéndoos por la ventana de mi alma para colmarme de cuántas peticiones os realizo.
Sé que esta carta no es más que el esplendoroso epílogo a mis constantes peticiones. Esplendoroso porque, aunque este año no os solicitaré nada material, se ha venido construyendo durante más de cuatro décadas en la que siempre cumplisteis con vuestro especial cometido, en los que se han ido conformando, de manera secuencial y brillante, todo un conglomerado de emociones que estallan, de gozo y alegría, con tan sólo presentir vuestra presencia. Aún sueño con aquel tren eléctrico, dando vueltas sin cesar por el paraje inhóspito del pequeño salón de mi casa, sorteando obstáculos –que muchas veces provocaban su descarrilamiento- y que se veía de pronto asaltado por una turbamulta de indígenas guerreros que veían en peligro su supervivencia y sus territorios; aún resuenan en los oídos de mi memoria los acordes disonantes de un viejo piano con el que soñé componer mis propias sinfonías y que acabó sus días en el trastero de la azotea, aquel lugar donde tenía acomodo todo olvido; o mi primera bicicleta que tanto trabajo os costó alojar en los pies de mi cama y con la que advertí la libertad de los campos y terruños que rodeaban mi pueblo, con la que superé mis expectativas viajeras en las localidades limítrofes, emulando a los fantásticos viajeros y exploradores que me descubristeis con los libros de aventuras que dejabais todos los años, bajo el portal de belén, por encargo de mi abuela Carmen.
Hoy volvéis a mí con esta nueva epístola que os envío desde la nostalgia y la vivencia que queda impregnada en el corazón cuando aún puede mantenerse alejado de las miserias del mundo, y en la que os convoco al reencuentro de mi ilusión. Os dejo abierta la ventana de mi alma para que podáis introduciros en ella, con los zapatitos de reluciente charol dispuestos y asomándose al pretil del alféizar que refleja la ilusión de unos ojos, que van siendo vencidos por el paso del tiempo, para que dejéis los regalos de los que mantengo la certeza recibiré. Vosotros nunca falláis. Tan es así que ya nos adelantasteis una alegría, en los prolegómenos de estos días de ventura por la dicha nueva y el mensaje de Esperanza para hombres de buena voluntad, acercándonos la presencia de una niña de ojos azules y cabellos dorados y que viene, desde un país tan lejano como el vuestro, de profundos bosques y nieves espesas para llenar nuestras existencias con su alegría, con sus risas y con sus inocentes sentimientos.
Gracias mis queridos Reyes Magos, mis adorados Melchor, Gaspar y Baltasar, por seguir cumpliendo con todas las expectativas de ilusión que recibiréis en millones de cartas, que como la mía, vienen a confirmar vuestra existencia, tan latente y real como los sueños con los que procuramos vivir para construir un mundo donde la pobreza, la miseria y la injusticia brillen por su ausencia. Como cada cinco de enero, mis zapatos y mi ventana abierta siempre os esperan.