Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Me fascina y hasta me sugestiona a veces la poca imaginación que poseen los niños de hoy en día, obsesionados con máquinas que no ofrecen más que violencia extrema y gratuita y que incluso se les llega fomentar desde las altas instancias educativas como vehículos con los que reconducir su perspicacia y que no traen más que un incremento desmesurado del adiestramiento de los instintos más básicos y menos saludables del género humano. Todo producto que no provenga de una marca de reconocido prestigio o venga avalado por una inmensa e ingente campaña de publicidad, tiene los días contados.
Estos niños, devoradores de horas televisión, con la anuencia de padres y educadores, adscritos a la enfermiza esencia de los irreales mundos, ya creados, que se plasman en las pantallas de ordenadores y máquinas de videojuegos, están perdiendo la sensibilidad para transmitir las esencias, el dinamismo y la imaginación de sus infancias, de esta edad que están destruyendo con la constante implantación de la individualización en los juegos y la institución de redes sociales donde lo único que se comparte, en la mayoría de las ocasiones, es la mentira y la soledad.
No puede ser bueno enfrentarse, apenas se levanta uno de la cama donde se quedarán prendidos, y difícilmente recuperables, sueños hermosos, con unos seres diabólicos, que mantienen el poder y la fuerza capaz de destruir el mundo en el que habitan, o de asesinar a niños y ancianos por mera diversión, cuando no atropellar peatones con automóviles de prestigiosas y potentes marcas.
Estamos destruyendo la figura del niño, de la infancia. Hemos viciado las conductas de nuestros hijos para obtener momentos más acomodaticios, para no tener que obligarnos en el esfuerzo de una educación personal y más humana. Hemos suplantado la instauración de los valores por unos artefactos que no hacen más que idiotizar las frescas mentes de los infantes, inutilizando la facultad de creación e imaginación con la que se nos dotado.
Hoy he recuperado un sonido del ayer observando una imagen del presente. Y la he enfrentado a éstos, aún sabiendo que el vertiginoso paso de los años me puede llevar a la debacle. Ha reavivado en mi memoria los mundos febriles que se habían sumergido hasta límites abisales para permanecer latentes y expectantes a esta llamada. Ha aparecido ante mí de manera imprevista, inesperada porque su apariencia es anticuada y pretérita. Un sonido capaz de elevar mi espíritu, y el de unos cuantos más, hasta un mundo fantástico de capas de hules robados a las mesas y espadas fundidas en plateas de madera para perseguir y abatir al malvado que huía en un potro tan estilizado como el pasamanos de una escalera o capaz de recuperar la ilusión de una princesa que suplicaba nuestro auxilio y el rescate desde una torre erigida en el prominente alfeizar de una ventana. Este sonido mágico ha retrotraído todo tiempo, ha recuperado el esplendor de los juegos de una pandilla capaz de construir toda una galaxia de emociones con dos palos, una caja de cartón y dos trozos de cuerda. La voz antigua de una radio antigua, surcando las estelas intemporales del cosmos, se ha presentado en esta mañana fría de diciembre para recordarme y traerme parte de la felicidad que las ondas hertzianas nos procuraban creando una ingente necesidad de fantasía cuando girábamos el interruptor tras la finalización del programa y no teníamos mayor ilusión que simular a los héroes que nos describían, a los que poníamos los rostros y las formas que nos dictaba nuestra imaginación, hasta llegar a transfigurarnos en ellos.
Mi ensoñación ha perecido, de repente, porque un joven, de no más de quince años, ha conseguido, tras un grito de victoria y satisfacción ¡toma ya!, con solo apretar un botón, asesinar a miles de personas que huían despavoridas, ante el terror que les perseguía y observaba desde el exterior y a través de la pantalla de una video consola.