Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
No sé si empezar a lamentarme, como lo están ya haciendo comerciantes y empresarios del centro histórico de la ciudad o bajar a los infiernos -no sé si Pedro Botero los querría allí con él- a estos ínclitos jerifaltes de la política municipal que han conseguido, por obra y arte de la implantación de plan centro –con sus chivatas camaritas como protagonistas-, dejar la zona como un páramo.
Da gusto pasear por sus desérticas calles, mirar los escaparates de los comercios con esos letreritos tan llamativos reclamando la atención, no digo ya de viandantes, si no de verdaderos héroes que se atrevan a emprender un negocio, sobre la venta o traspaso del local.
Si señor, lo van a conseguir. Van a dejar el centro histórico de la ciudad, como preconizaron en sus campañas electorales, transformado. No la va a conocer ni la madre que la parió. La cada vez más paupérrima situación con la que se enfrentan quienes han tenido la osadía de querer permanecer en el lugar donde comenzaron sus labores profesionales o donde siguieron la tradición comercial familiar viene condicionada por una serie de decisiones políticas para favorecer otros sectores comerciales de la ciudad, algo que no podemos ni debemos discutir, porque todo lo que signifique engrandecer el bien económico de esta Sevilla nuestra repercutirá en sus hijos, en las familias tan necesitadas de injertos monetarios para vivir, o mejor dicho, para intentar sobrevivir. Pero no a costa de los otros. Eso no es crear riqueza; eso es destruir infraestructura ya cimentada, es aniquilar la cultura de la que siempre hemos presumido. Ni siquiera es desvestir a un santo para vestir otro. Eso es dejar a los dos desnudos y vender la ropa al especulador de siempre.
Después nos dirán que somos unos involucionistas, que las ideas de progreso y prosperidad vienen siempre de ellos, y que nadie hasta la fecha ha ejecutado planes de desarrollo económico y de tanto beneficio para ciudad. Menudo plan.
El centro histórico se encuentra cercado –¿tendremos que montar otra reconquista fernandina para recuperarlo a todos?- por la pertinaz obsesión de preservar las comodidades de sus vecinos y los bienes culturales que nos legaron nuestros antepasados. Pero también nos transfirieron estas calles comerciales donde se ostentaba todo bien material, donde se podían adquirir desde objetos de valor hasta sardinas arenques –en otro tiempo recurso alimenticio para paliar el hambre, hoy delicia para gourmets-, desde una batita para andar por casa o un traje de novia, tomar una cerveza o un tinto en una abacería –de las de verdad, no esas simulaciones y pastiches que florecen hoy en día- mientras nos preparaban la cesta de la compra diaria. ¿Es o no cargarse una cultura popular, una forma de entender la vida? ¿Es o no una manera de castigar a los ciudadanos y a los empresarios que generaron –han leído bien este término verbal- tanta riqueza?
Daba pena transitar, y miedo, a media tarde de ayer, por los aledaños de Reyes Católicos, el Arenal o Méndez Núñez. Como en la poesía de Machado sobre Soria, faltaba el escuálido perro deambulando de acera en acera para esquivar el frío. Tan sólo los grandes almacenes registraban alguna actividad. ¡Había hasta plazas de aparcamiento de superficie!, que es como las denominan los modernos.
Nos están alejando del centro histórico, de nuestro derecho a poder permanecer en él, desplazándonos de nuestro acervo cultural y con ellos se están cargando, de camino y tras oscuros intereses, el entramado comercial que durante siglos se fue tejiendo con el esfuerzo de sus comerciantes. Ya no quieren implantarse en él ni los bancos. El desvío de estas actividades puede ocasionar unas pérdidas elevadas para la economía de la ciudad. Pero no obviemos que vivimos y asentimos con la indiferencia a cualquier mamarrachada con la que nos quieran sorprender. Es nuestra condición y así nos va.