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21 agosto 2013 3 21 /08 /agosto /2013 19:53

            Lasarte-en-libertad.jpgLa imagen no puede ser más entrañable y bucólica. Una pareja, con grandes muestras de felicidad, pasea con su hija, de pocos meses, por las calles de una ciudad. Parecen despreocupados, a sabiendas que caminan seguros y respaldados por las leyes y la ley. La familiar representación, merece recogerse en los mejores anales de la convivencia y la cotidianidad, es digna de encomio, de ser imitada. Hay que salir a la calle sin miedos, sin recelos, manteniendo la certeza de poder actuar con libertad para gozar del ocio y de la familia.

No hay nada mejor, ni nada más gratificante, que dedicar tiempo a los nuestros, a nuestros hijos en sus primeros años de vida. Es un premio para quienes hemos tenido esa gran dicha. Llevarla por primera vez al colegio, recogerla aquel mismo día, abrazarte con ella, sentir el orgullo de participar en su primera comunión, que te acompañe, en la mañana del viernes santo, cuando aún las mujeres no podían salir de nazarenos, por la calle Feria, cogidos de las manos, con su medalla al cuello, compartir sus primeros logros estudiantiles, ampararla y darle un beso en sus desengaños emocionales y verla salir con orgullo con su diploma universitario. Es una dicha, un premio, como digo, que todos los padres debiéramos disfrutar. Lo que pasa es que a algunos le cercenaron estos parabienes pegándoles un tiro por la espalda o situando una bomba lapa en los bajos de sus vehículos. Fueron privados de participar en la vida familiar, de pasear con sus hijos, o con sus nietos, de poder besarlos cada mañana y hasta enfadarse con ellos por muchos motivos. Alguien, no se sabe muy bien en nombre de qué o de quién, la vida es el don más precioso del hombre, le sustrajo la oportunidad de compartir estas vivencias. Se despidieron un dúa de ello desconociendo que los asesinos ya habían dictaminado sus futuros, ya habían decido que sus existencias llevarían las orlas del dolor y la amargura para siempre.

Allí estaba. Paseando. Arrepentido, sí, pero con muertes a sus espaldas. Bien podría haber mostrado esa contrición cuando organizaba los atentados, o apuntaba la cabeza de un ser humano, cobarde y vilmente, y les descerrajaba unos tiros. Ésta es la justicia del país. Un condenado a trescientos setenta años, por su participación en siete asesinatos, todos del valeroso modo del tiro en la nuca, es decir, por la espalada, paseaba con toda tranquilidad por la calles de su pueblo, tras abandonar las dependencias de la guardia civil después de haberse personado y firmado por su condición de agraciado del permiso penitenciario que se le ha concedido. Muy bien se conserva este individuo tras haber cumplido su pena. Ha debido encontrar la fuente de la eterna juventud y no como sus víctimas que se han podrido en un nicho, sin que las lágrimas y el dolor de sus familiares hayan podio conservar sus cuerpos.

            Es la realidad. Éstos solo sucede en sociedades que se van degenerando. En condiciones normales, y en otros lugares del globo, cuyo estado democrático no desmerece al nuestro, este individuo estaría a la sombra, en el mismo régimen carcelario que cualquier delincuente de su calaña y con los mismos favores que un asesino en serie. Aislado. Pero estamos aquí, donde la víctima ve pasar al asesino por su puerta. Cosas particulares de nuestra tierra. Idiosincrasia que se llama.

 

            Y no es cuestión de dirigir nuestras opiniones desde el odio y el rencor. Salvajes y dementes siempre habrá. Es cuestión de solicitar justicia de una vez, de que las penas se cumplan, que las sentencias sean para expiar culpas. Que se ha arrepentido. Pues bueno, que le den un flan. Lo que quiere es beneficiarse de los favores que no les son concedidos a otros que han robado, que han profanado fincas, y que ha sido castigados por ello, cosa que me parece extraordinaria. Porque las víctimas no tienen, parece ser que todavía no se encontrado el modo, ninguna otra opción la que de vivir en el recuerdo de los suyos. Y mientras, los asesinos dando paseítos por las calles, tomando cervezas en las tabernas y viviendo a costa del dinero de nuestros impuestos.

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Published by Antonio García Rodríguez
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