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18 marzo 2013 1 18 /03 /marzo /2013 09:45

            la-infancia-recuperada.jpgNo soy más que un niño ahíto de nuevas sensaciones. Un buscador incansable de la ilusión que se fija en la primavera hasta hacerse necesaria para la existencia. ¿Qué es la vida sino una aventura donde hacer realidad las ilusiones? Sigo en la búsqueda. No desfallezco en esta huida de la realidad que me atosiga apenas las palabras del pregonero pegan el aldabonazo definitivo, con sonidos de bronces que se bruñen en las espadañas de San Lorenzo, o que buscan el aire nuevo por Santa Isabel o Santa Inés, que abre las puertas de la sinrazón y deja expedita la entrada al alma de las mejores y más nobles sensaciones. Necesito, para ahogar la desazón, que se vayan abriendo claridades en las mañanas y que se alisen los cielos y se retiren del azul las últimas nubes, que allanen las arrugas de esas túnicas que ya penden en las esquinas de los dormitorios, recordándonos que el tiempo mejor ya está llamando a las puertas de la vida y que la inmortalidad dura siete días.

            Es imprescindible que vayamos marcando el camino a los ritos, esos que nos ponen en alerta los sentimientos, esos que nos devuelven a las entrañas de las emociones y que se retienen y sostienen en las esquirlas, finamente labradas, de los remates de unos varales, donde reposan las bambalinas, donde se acunan los sueños, donde se ancla el recuerdo.

            Vienen estas horas a confirmar la perdurabilidad de la razón del hombre, un estadio existencial del alma que nos llega a confundir, que nos extravía en la temporalidad y hace vertiginoso el discurso de las horas. Es esta antesala, donde se implanta la impaciencia, en la que permanecemos expectantes a cuánto sucede a nuestro alrededor. Confundimos el instante y marcamos los segundos rasgando la piel del espacio en el sublime intento de impermeabilizar, en el trascurso de los días, los recuerdos y las emociones que ya empezamos a vivir aunque estén por llegar todavía. Este tiempo que se nos va entre los dedos y aun no lo hemos gozado es sustituido por la inquietud. Esta es la gracia que nos hace perdurables, que nos retrotrae a la infancia y nos devuelve la caricia de las manos que ya nos están, que nos indicaban el camino y nos situaban en la primera línea de la emoción, cuando nos probaban el albor de una túnica, que guardaba aún el aroma del incienso y las loas hacía el Hombre que entraba en Jerusalem bajando la rampa del Salvador.

Vienen arropándonos los discursos, la solemnidad de los actos vividos, que son cuenta atrás, que es precipitación al derroche de emociones que se nos presentan. Y cuando lleguen nos sabremos diferenciar si estamos en el presente o un jeugo fabuloso del destino nos retrotrae a los años en los que descubrimos a Dios de la manera más hermosa, discurriendo por las calles, transitando las espesuras de la noche, rasgando el silencio, casi conventual, de una plaza donde ya no tiene cabida la alegría y sion embargo podíamos sentir el gozo de sabernos testigos del hecho sobrenatural de estar cerca de Cristo, de participara de los dolores de su bendita madre mientras se sublevaban los sentidos porque el aires se llenaba de Amarguras en forma de notas musicales o estallaban los pentagramas en las fachadas porque pasaba la Macarena, aunque la Virgen todavía seguía expectante donde las murallas se abren al mundo por la ojiva de un Arco, que es puerta del cielo.

Ya estamos deseando que las noches se diluyan, que los días se precipiten en los océanos del paso del tiempo y que las impaciencias se fundan en las fraguas del sentimiento. Estamos vencidos por la ansiedad y no vemos la hora de encontrarnos con el primer nazareno. Continuamos expectantes al devenir de los siglos, que eso nos parecen las horas cuando nos vence la excitación, porque necesitamos recuperar la mejor época de nuestra vida, restaurar la inocencia que nos devorará apenas amanezca en siete días y volvamos a instaurar la visión en el firmamento para comprobar que los cielos vuelven con su tersura azul a propiciar el advenimiento de la alegría. Porque será domingo de ramos y constataremos nuestra victoria sobre el tiempo y nadie nos podrá arrebatar el retorno a nuestra infancia. Sigo siendo un niño ahitó de esta horas.

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Published by Antonio García Rodríguez
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